sábado, 21 de febrero de 2015

Sara



   Es lo que tiene asistir a este tipo de eventos, te encuentras con gente a la que preferirías no ver: taimados cargados de soberbia, con más prepotencia que talento, a los que tienes que aguantar si quieres sobrevivir en este negocio.
   Hago que escucho a una rubia de la que he olvidado su nombre, pero no el color de su sujetador, que se afana en mostrarme generosa, cada vez que se inclina, para soltar una carcajada estridente con fingida naturalidad.
   Y allá, en la improvisada barra, junto al barman de turno que hace lo imposible para que la coctelera no acabe estrellándose contra el suelo, tropiezo con un familiar vestido de satén. Rojo. Esa prenda recurrente que Sara saca del armario cuando quiere que se preste más atención a su cuerpo que a sus palabras.
   Desconecto de la rubia y fijo todos mis sentidos en ese vestido que cumple con creces su misión. Deduzco que Sara piensa que hoy no tiene  nada que decir y es raro, porque ella siempre tiene la palabra justa en el momento menos indicado, como la noche en que me dijo: «Tú y yo ya no tenemos edad para jugar».para Después cerrar la puerta del taxi y subir sola a su casa, dejándome con las ganas de recordar viejos tiempos y veinte euros de carrera que mi orgullo tuvo que abonar al taxista que se reía de mí al otro lado del retrovisor.
   Y ahora parece ausente. Demasiado sola para lo que acostumbra últimamente. Con los ojos parados en la puerta de entrada. Por la manera en que sujeta la copa imagino que esta noche es su pareja oficial. Una pena. Esta chica está cogiendo todos los vicios de los malos escritores: publicar noveluchas vacías de éxito, vivir de evento en evento, rodearse de sanguijuelas que le roban las ideas y utilizar el alcohol como puente hacia la falsa espontaneidad.
   No puedo evitar mirarla, con el pelo negro, casi azul, en un simpático recogido y las clavículas más marcadas que de costumbre, se deja caer sobre la barra de una forma graciosa, entre despreocupada y tambaleante, más pendiente de mantener el equilibrio que de la postura que va adquiriendo.
   El camarero niega con la cabeza y ella golpea la copa contra la barra haciéndola añicos. La música parece cesar y todos vuelven los ojos hacia ella, ajena a los comentarios. Gesticula y levanta la voz, reclamando al camarero una nueva copa rellena de lo primero que tenga a mano.
   Más que el espectáculo, me jode que la gente sienta lástima, y tengo la sensación de que ese momento está a punto de llegar. Le doy mi copa a la rubia y, en dos zancadas, cruzo la sala y tomando a Sara por la cintura, la saco de allí con la mayor discreción de la que soy capaz.
   En el aseo del hotel, intento detener las diminutas hemorragias que los cortes de la copa le han causado en la palma de la mano. Está anestesiada, dejándose hacer sin abrir la boca. Sólo mira al espejo, intentando reconocerse en la imagen borrosa que le devuelve.
   —¿Te duele? —No me contesta—. Dime, ¿te duele?
   Gira la cara y me mira, obligándome a perderme en sus ojos negros, grandes, vidriosos:
   —¿Qué…?
   —¿Te duele?
   Y bajando la cabeza, esquiva, para impedirme rastrear más allá, contesta:
   —Ya no. Hace tiempo que te he olvidado.

Imagen:
http://www.deviantart.com/art/cristal-liquid-57524074

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