viernes, 13 de marzo de 2015

Con voz propia: Julio Lorenzo



“Rosa”, políticamente perfecta.

“Es lo que tienen las voces, que engañan tanto como los ojos”.

Y partiendo de esta premisa entramos en una historia donde, más que nunca, las cosas no son lo que parecen.
Trazado el personaje sólo era cuestión de dar con la voz perfecta y la interpretación justa para que este cuento nos envuelva y nos atrape desde el principio.
Y es algo que Julio Lorenzo consigue de una forma tan natural que, simplemente con cerrar los ojos, podemos ver a un político, de corbata perfectamente anudada y cuatro canas bien puestas, contándonos parte de su vida y hablándonos de Rosa.
Disfrutad tanto como he disfrutado yo oyendo una y otra vez este relato que salta del libro “Con nombre propio” a nuestra mesa en la cafetería para, mientras disfrutamos de un café, contarnos un cuento (que no es para niños, por supuesto).
Gracias a Julio Lorenzo, actor de doblaje (entre otras muchas cosas), por darle tanta elegancia a un personaje del que no conocemos el nombre pero al que ahora siempre pondremos voz.

domingo, 1 de marzo de 2015

De película



    Odio los cines, los detesto. Yo, cinéfila empedernida, amante de los clásicos, antes podía pasarme tardes enteras encerrada en la oscuridad de una sala de cine perdida en la gran ciudad. Pero eso quedó atrás y ahora ya no los soporto.
   No he podido volver a pisar el hall de uno solo desde la tarde en que vimos la reposición de “Casablanca”, la tarde en que decidiste zanjarlo todo por el bien de los dos. Una mala excusa para no admitir el miedo a que tu mujer descubriera lo nuestro. Siempre fuiste un cobarde, lástima que la oscuridad de la sala no me permitiera verlo en nuestra primera cita.
   Y, a pesar de todo, dudo que fuera la primera vez que te veías metido en un lío como ese. Se te veía muy suelto, en tu salsa, llevando las riendas en todo momento, definiendo los tiempos, los momentos, el día y la hora de la sesión en que podíamos vernos. Tú marcaste el comienzo, era de lógica que sentenciaras el final.
   Te recuerdo incansable, como Mrs. Robinson con aquel pobre chaval, en encontronazos fingidamente casuales. No paraste hasta que me rendí a ese acoso y derribo, hasta que acepté ver contigo “La tentación vive arriba”. Y en el mismo momento en el que Marilyn sentía el aire frío recorriendo sus piernas, yo sentí el calido sabor de tus labios devorándome en aquella butaca de la última fila. Terminada la película, y pese a tus fingidos remordimientos, acabaste desbaratándome sobre la cama de un hotelucho de mala muerte que nos pillaba de camino a ningún sitio.
   Y así empezó todo. Parecíamos una pareja de personajes huidos de alguna de aquellas películas faltas de color que, no hace tanto, llenaban la sala de novios que buscaban besos amparados en la oscuridad. Lo nuestro era un amor en cinemascope, disfrutado en la intimidad de la última fila, bajo la atenta mirada de Glenn Ford o Montgomery Clift.
   La tarde en que Bacal le dijo “sí” a Bogart, yo me moría de envidia, con la cabeza apoyada en tu hombro, deseando que fueras  tú quién me dijera aquellas palabras. Siempre pensé que acabaríamos juntos como ellos, durante muchos años, y que solo algo tan irremediable como la muerte nos separaría… Pero supongo que las películas no se hacen realidad, al menos, no en mi caso.
   Con el paso del tiempo, solo acabó atrayéndote de mí la facilidad con la que me contorsionaba en la butaca de nuestro cine, que poco a poco, fue perdiendo espectadores y brillo en su pantalla. A nadie le interesaban ya las películas de romanos, ni los interminables números de claqué en mitad de comedias dulzonas, ni tampoco Clint Eastwood recordándonos que “el mundo se divide en dos categorías”
   Y con la misma violencia que Gilda recibió su célebre bofetada, yo recibí tus palabras de despedida cuando las luces de la sala volvieron a encenderse. Por suerte para mi orgullo, no había asistido casi nadie a esa última reposición. Estaba claro que no podía durar, supongo. Quizá lo nuestro sólo fue un fallo de guión, un despiste de la script en mitad de la película imperfecta.
   Por eso ahora ya no soporto encerrarme en una sala llena de desconocidos, gente devorada por la oscuridad que relaja su cuerpo en mullidas butacas, rojas, azules, de un falso terciopelo y que lloran o ríen dependiendo de lo que  la pantalla les lance sin piedad.
Para mí ha muerto todo aquello. ¿Dónde está la gracia de ver una película ajada por el tiempo si tú no estás al lado para contarme quién es quién y a dónde va cada cual? ¿Qué tiene de divertido si ya no está tu brazo rodeándome en las escenas inocentemente terroríficas o consolándome cuando a la prota le rompe el corazón el guaperas de turno?
   Como era de esperar,  hoy cierran el Avenida, nuestro cine de cabecera. Aún conserva el olor a clásico, esa capa de polvo que da la historia y sus butacas originales. Quizá coja parte del dinero que tengo ahorrado y, sobornando a alguno de los tipos encargados de desmontarlo, me haga con la butaca en la que me besaste por primera vez. Será un trasto inútil, como tú, pero al menos será mía y no desaparecerá dejando un vacío difícil de llenar.
Imagen:
http://c-hass.deviantart.com/art/To-Each-His-Cinema-163626113