lunes, 27 de marzo de 2017

Audrey



Es un día como otro cualquiera. De camino a la oficina en este metro, desgastado por el tiempo, y rodeado de gente medio dormida y apática, a juego con la ciudad. Yo también, ¡qué demonios!
Me recuesto en el asiento, al menos tengo unos minutos de vacío para reprocharme porqué hoy pienso en ella, después de tanto tiempo.
Los años pesan y esto ya debería ser un caso cerrado y archivado. Pero el pasado te cae encima cuando menos te lo esperas, como su libro anoche, cuando intentaba colocar una carpeta llena de columnas atrasadas, que guardo para uso y disfrute de mi ego. Y allí estaban ella y su dedicatoria:  

«Gracias por el intento pero, como puedes ver, aquí publica cualquiera».

Siempre fue una descarada, pero con gracia para serlo. Una especie de Audrey Hepburn, ingenua y deliciosa. Atractiva, por dentro y por fuera, y atrayente hasta el extremo, sin percatarse de su tremendo  potencial.
Una mujer de aspecto frágil, a quien le pesaban la melancolía y los besos dados. Esos besos que fue demasiado sencillo robarle, apenas  empezada la primera ronda de juego.
Me considero un hombre de retos y ella, pasada la primera impresión, ya no me suponía ninguno. Previsible, predictible. Demasiada calma, demasiada facilidad, demasiado visto. Un puzzle con pocas piezas que no tardé en resolver y del que pronto me aburrí.
No soy de  encariñarme con ellas y, a ella, tampoco le venía bien encariñarse conmigo. Dejé de mandarle mis señales, contradictorias. Mi juego estaba acabando con ella y, quizá en el fondo, también conmigo...
Se puso pesada un par de semanas, siempre fue una cabezota. Pero me divertí mucho viendo como retorcía la historia, buscándole su lógica. Está claro que tiene la imaginación de los escritores para inventar realidades y yo, espectador de lujo, disfruté del serial sin intervenir para nada en el guión.
No me arrepiento, nunca lo hago.
Además, por lo que he visto, tampoco me necesita. Como yo ya había predicho, ella solita llegaría a donde ha llegado: escritora de novelas facilonas —su sueño en el fondo—, historias rápidas de leer y rápidas de olvidar.
Solo cuando conseguimos nuestros sueños, nos damos cuenta de lo pobres que son, y ella cumple con creces esta máxima. ¡Qué desperdicio de talento! Podía haber llegado a más, a mucho más, pero nunca quiso alejarse demasiado del punto de partida.
Sigo recostado en mi asiento. El traqueteo me adormece y yo me dejo acunar. No sé porque pienso en ella. Tal vez no hice lo correcto, pero ya no puedo cambiarlo. Y a ella le va mejor sin mí.
Bueno, no, estoy convencido que conmigo hubiera logrado más. Tenía lo imprescindible para llegar a ser alguien en mi profesión: ganas de aprender y mucho ímpetu. ¿Dónde estarán mi ímpetu y mis ganas? ¿En qué estación se me habrán quedado olvidados?
Hace rato que cerré los ojos, no quiero que nadie pueda adivinar lo que estoy pensando. Pero una inesperada carcajada me obliga a abrirlos.
Al fondo del tren, una joven habla amistosa con un hombre bastante mayor que ella, que ojea un libro y  señala frases con un lápiz verde.
No puedo creerlo. De todos los vagones y pasillos de metro de la ciudad y tiene que aparecer en el mío.
Su risa invade todo. Susurra alguna frase cerca del hombro de su acompañante, mientras ambos  observan atentos las páginas del libro.
Sus intensos ojos brillan al levantar la cara, al buscar la complicidad de aquel tipo que parece explicarle pacientemente algo sobre aquel ejemplar. Creo que ya me ha  encontrado sustituto. Alguien que la eduque bien, que la lleve a lo más alto de las máquinas expendedoras de libros en los pasillos del metro.
Está preciosa, con un jersey rojo oscuro, de aspecto suave, dejando ver sus hombros morenos, y el pelo recogido en una coleta alta, que se bambolea con el ímpetu de sus carcajadas.
En un descuido, sus ojos cruzan el vagón y tropiezan conmigo, me tocan, me interrogan, me atraviesan, me cogen de las solapas y me zarandean. Se pone seria, muy seria, tanto que parece diez años mayor.
Pero sigue siendo Audrey, mi Audrey: con toda la fuerza de su ingenuidad y con el peso de todos los besos que, después de a mí, habrá dado a otros que no soy yo.
Me quita los ojos de encima y vuelve al hombre de su izquierda.  Este asiente y, con sospechosa amabilidad, sonríe.
La llegada a la estación decide acabar con la escena por mí. El viejo rijoso la toma de la mano, tira de ella y ambos salen del vagón, perdiéndose entre los ríos de gente que corre de un lado a otro, con las prisas propias de un lunes en Madrid.
Resoplo y vuelvo a recostarme en el asiento. «Conmigo le hubiera ido mejor».
Giro la cabeza y lanzo mis ojos en persecución de un jersey rojo que se aleja de mí. «Con ella me hubiera ido mejor».

Imagen:
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domingo, 19 de marzo de 2017

Las apariencias engañan



—Por favor, lléveme a la calle Ponzano.
Un hombre joven, bien parecido, se ha subido a mi taxi, con decisión y una mochila azul oscuro. Lo observo a través del retrovisor, sorprendido por su petición.
—Caballero, la calle Ponzano está a la vuelta de la esquina.
—Lo sé —contesta con firmeza—, pero usted lléveme. Solo le pido que dé un par de vueltas por ahí antes de llegar. Necesito hacer una cosa.
Le observo sin moverme. Estoy cansado de recoger a todo  tipo de gente rara, aunque nunca había tropezado con alguien así: aparentemente sobrio y bien vestido, con cara de buena persona y una voz agradable y coherente. Huele bien, sin duda, a recién duchado, diría yo. Me sonríe a través del retrovisor y sus dientes blancos, perfectos, me demuestran que no es un colgado… Pero, de siempre se ha dicho que las apariencias engañan.
A pesar de que yo aún no he aceptado llevarle a ningún sitio, comienza a sacar de la mochila azul una estrafalaria camisa amarillo chillón. Retorciéndose en el asiento trasero, se la coloca y abrocha con bastante torpeza.
—Por favor, muévase… —implora. Dé un par de vueltas a la manzana, no tardaré demasiado en estar listo.
La voz ha perdido firmeza y, aburrido por llevar toda la tarde sentado esperando clientes, arranco el coche y comienzo a vagar por la ciudad que despierta de su siesta.
—¿Qué está haciendo? le pregunto, a pesar de ver, claramente, que se está disfrazando de algo, que todavía no soy capaz de adivinar, a velocidad vertiginosa.
Saca cosas de la mochila y guarda otras, en un  ejercicio metódicamente estudiado. No hay ropa revuelta por el asiento y, a pesar de todo, va consiguiendo su objetivo de transformación.
—hoy es el cumpleaños de mi hija pequeña —comienza a decirme, mientras se contorsiona para subirse unos pantalones a cuadros tres tallas más grandes—. La niña siempre ha querido un payaso en su fiesta…
Cesa su relato porque, con los labios, sujeta una enorme pajarita roja que acaba de sacar de la mochila. Rebusca en el bolsillo de un lateral y saca un diminuto imperdible, que utiliza para fijar la estrambótica pajarita al cuello de la camisa.
—¡Ah! Ya entiendo… Y usted será el payaso de la fiesta. Un detalle muy bonito.
Me mira, clavando sus ojos oscuros, enrojecidos, en el espejo y niega con la cabeza.
—Odio los payasos. Les tengo miedo desde niño…, pero es la única manera. —Rebusca dentro de la bolsa. Solo tengo que maquillarme y ponerme la peluca y el gorro. Usted siga dando vueltas.
—¿Odia los payasos? Vaya… Entonces el esfuerzo es aún mayor.
Con un enorme espejo sobre las rodillas, el hombre se embadurna la cara con una espesa pintura blanca. Poco a poco, desaparecen los rasgos de aquel misterioso tipo, que se ha montado en mi taxi esta calurosa tarde de agosto, y surge un fantástico ser, de cara blancuzca, con ropas estrambóticas y, de momento, sin peluca ni sombrero.
—Mi mujer… Mi exmujer ha decidido celebrar el cumpleaños de la niña, pero no me ha querido invitar. Será la primera vez que no estaré con ella el día de su cumpleaños… Me enteré, por casualidad, que andaba buscando un payaso para la fiesta y… Bueno, no me lo pensé demasiado. Alquilé el traje, compré algo de maquillaje y llevo semanas ensayando malabares con pelotas de ping-pong. No será lo mismo… porque ella pensará que no estoy allí. Mi mujer… Mi exmujer le ha contado que he tenido que salir de la ciudad por motivos de trabajo; que, como ya no está ella para recordármelo, se me ha olvidado que era su cumpleaños… Eso es mentira —dice tensando las mandíbulas bajo las capas de pintura—, yo nunca olvidaría el día más importante de  mi vida. Mis hijas son lo primero…  Mis hijas son lo único que me queda.
Le observo, congestionado después de contarme su historia, con una ceja a medio maquillar y la bolsa abierta, de la que sobresale una peluca multicolor y un sombrero con una flor, ridículamente tiesa, roja y amarilla, que observa la escena en silencio.
Prefiero no seguir preguntando y la música de la radio se instala entre los dos.
Casi ha terminado. Se coloca la peluca y el sombrerito, mientras yo enfilo ya la calle a la que me ha pedido que lo lleve.
Guarda todo en la mochila y saca la cartera.
—Tengo que pedirle otro favor, caballero.
—Dígame.
—Le importaría quedarse con la mochila. No quiero entrar y que alguien pueda…
—Sí, claro le contesto cómplice.
—En dos horas vuelva a buscarme, ¿sería posible?
—Sí —contesto, demasiado seguro de que la tarde será tranquila y podré darle servicio sin problemas.
—Muchas gracias. ¿Qué tal estoy? —me pregunta sonriente, haciendo un exagerado ademán con las manos enguantadas.
Y ahí está, un payaso al completo: con sus zapatones rojos, que se doblan apoyados en el respaldo del asiento delantero, con un pantalón de cuadros, una chaqueta de rayas de colores, la camisa amarilla, la peluca, el sombrero y la cara blanca, con las cejas gruesas y oscuras y los labios pintados de rojo.
—Se ha pintado una sonrisa demasiado pequeña, caballero. Quizá debería…
El hombre se inclina sobre mi hombro, me suelta un billete de veinte y, mirándome de reojo, contesta:
—no necesito hacerla más grande. Le aseguro que cuando vea a mis hijas, la sonrisa de mi cara será enorme.

Imagen: http://cetrobo.deviantart.com/art/STRESS-255868262