miércoles, 21 de junio de 2017

Caducidad



Elisa era una de esas personas que consiguen deslumbrarte con facilidad.
A eso dedicaba todo su tiempo y esfuerzo: a sorprender, a provocar en los demás la necesidad de querer mirarla, de querer escucharla, de querer tenerla cerca, lo suficientemente cerca como para acabar dentro de ella. Hasta que se cansaba y buscaba otro incauto al que impresionar.
Elisa no era una mujer guapa, no. Resultona, eso sí. Tenía algo, pero ese “algo” no radicaba en su físico, precisamente. Con los andares de una gata, sensual y sinuosa. Sabía cómo hablar y cómo cruzar las piernas para levantar algo más que expectación. Con un cuerpo de curvas simples y pecho discreto. Ni gorda ni delgada. Ni alta ni baja. De pelo rojizo y corto, a lo garzon, y ojos grandes y rencorosos, camuflados bajo unas buenas gafas de sol, que añadían el puntito de misterio necesario para que quisieran quitárselas, junto con el resto de su ropa. Y es que su poder hipnótico era legendario.
Pero Elisa era fiel a sus principios —y a sus finales—, y procuraba no quedarse demasiado tiempo en la misma postura, con la misma persona, para evitar cualquier tipo de marca impertinente en la piel o, quizá, bajo ella.
Cuando la conocí, estaba en horas bajas ya. No era más que un reflejo de lo que fue, aunque conservaba esa mirada rencorosa, oculta por unas gafas de sol a la última, y difuminada por el humo de sus cigarrillos, bajos en nicotina.
En el fondo, nos parecíamos, mucho, no había más que vernos. Sin un atractivo físico al que recurrir, teníamos nuestras armas de ataque y retirada, claro, y nuestro público fiel, que iba creciendo y renovándose a buen ritmo. Y, en todo movimiento, buscábamos nuestro propio beneficio, nuestro placer, que, al fin y al cabo, es lo único que consigue mantenerte vivo.
Las charlas incansables, sobre temas abstractos y absurdos, comenzaron a ser habituales en nuestras tardes de café, aderezado con un buen chorro de whisky.
Vi mi futuro cuando, una de esas tardes, se quitó las gafas. Ahí estaba, el triunfo de vivir sin ataduras, reflejado en su mirada, de un color difícil de clasificar, como ella, acompañado de una sonrisa que disimulaba las intenciones que encerraban sus ojos. Y entendí que, en algún momento, yo también dejaría de despertar interés y que viviría de los recuerdos de juventud. Pero, por suerte, ese día tardará en llega… Los hombres disfrutamos de un amplio margen en nuestra fecha de caducidad.
La otra noche, volvía a casa tras disfrutar de la compañía de una chica a la que ya había olvidado. Al pasar por la puerta del garito de Tomás, percibí una sombra apoyada en la pared. Una chispa roja se encendió súbitamente y el humo, azulado y huidizo, flotó en busca de la bombilla de una farola cansada, que iluminaba vagamente la escena.
Era Elisa. Sujetando su cigarrillo con sus dedos esbeltos, faltos de anillos, de uñas largas y cuidadas, con un vestido camisero que, mágicamente, le  dibujaba una inexistente figura, haciéndole parecer una de esas mujeres fatales escapadas de alguna película de los años cuarenta.
—¿Elisa?
—Tino —me respondió en tono grave. Estaba claro que llevaba demasiado tiempo sin hablar con nadie.
—¿Qué haces ahí?
—Fumar, ¿no lo ves? —Y acompañó su respuesta con una de esas sonrisas fingidas, que solía utilizar para disimular el amargor de sus palabras—. ¿Quieres uno?
No me apetecía, la verdad, pero el exceso de melancolía en su voz me invitó a fumar con ella.
Cogí el cigarrillo, que había sacado de su pitillera, y lo encendí en la llama temblorosa que me ofrecía.
—Gracias… —dije y, solté una espesa bocanada de humo, que se interpuso entre los dos.
—Sabes, Tino, ya nadie da fuego, ya nadie da cigarrillos porque sí, ya nadie da nada, ahora todo el mundo pide… y eso me está quitando el puesto de trabajo. —Sonrió, derrotista—. Todo el mundo acaba pidiendo algo, aunque no deba…
—Todo el mundo acaba dando algo, aunque no quiera —contesté ágil.
—Tú no me has dado nada —me recriminó.
—¿Yo?
—Tú.
—¿Y qué quieres que te dé yo? —contesté con desdén. Ella se sonrió, contenida, pero el alcohol en sangre le arrancó una escandalosa carcajada que acabó por atravesar su garganta, para salir despavorida, huyendo descontrolada por el callejón.
Elisa me miró con sus ojos grandes, profundos, ya no tan rencorosos, que habían levantado, antaño, tantas pasiones con un simple pestañeo.
—tú y yo nos parecemos, mucho. Digamos que somos dos versiones de la misma canción—comenzó a decir—. Tú sabes cuál es mi juego, porque juegas a lo mismo. No somos malos, no, solo buscamos sorprender, deslumbrar, sentirnos por un momento el centro de la vida de alguien, aunque ese alguien no nos importe nada… Y desaparecemos a tiempo, por miedo a ver cómo esa admiración, un día, se desvanece. —Dejó caer el cigarrillo al suelo y pequeñas chispas rojizas saltaron hasta apagarse lentamente—. Porque, bien sabes tú que, acaba por desaparecer, sin más, de la misma manera que apareció, y nadie nos ha adiestrado para saber afrontar la decepción.
Elisa se acercó y apoyó su mano en los botones de mi camisa, jugueteando con uno de ellos.
—Tú no me has dado nada —me acusó—, todavía.
—Tampoco me lo has pedido.
—pensé que, alguien tan listo como tú, ya se habría dado cuenta.
—¿Qué quieres...?
Y, levantando la cara, me besó, pegándose a mí, con rabia, arrebujando la camisa en su puño y tirando de ella para pegarme aún más a su cuerpo.
Cuando nuestras bocas decidieron separarse, ella evitó mirarme.
—¿esto es lo que querías? —le pregunté, tomándola por los hombros.
—no. Quiero más —susurró—. Quiero… quiero ver cuánto tiempo tardarás en decepcionarme.

Imagen:

martes, 13 de junio de 2017

Besos envasados



Sé que prometí subir un cuento seminuevo o medio usado cada semana… Pero hoy prefiero recuperar este vídeo, este relato sonoro, estrenado en EL PODER DE LA VOZ II.
Lo reconozco, tengo debilidad por esta historia. Quizá por sus criaturas, tan distintas, tan únicas, tan perdidas en el fondo… Quizá por sus voces, “mis voces”, que se mimetizan con los personajes y los hacen suyos.
Ese Rafa Calvo enfadándose poco a poco, como solo un buen actor es capaz de conseguir, en el momento justo, con la intensidad necesaria, hasta explotar y hacernos retroceder un paso por la fuerza de su voz.
Esa Elena Ruiz de Velasco, dulce, tierna, cariñosa, cauta, que va dosificándose, poco a poco, poniendo las cartas sobre la mesa, tirando de la cuerda con la paciencia de quien ha tomado una decisión, hasta llevarnos al final y descubrirnos, a los ojos y oídos incautos del espectador, que las cosas no son nunca lo que parecen.
Os dejo este relato, esta escena de un matrimonio que, en apenas cinco minutos, nos hace cómplices de toda una vida en común.
¡Disfrutadlo!


jueves, 1 de junio de 2017

Intento fallido de Humphrey Bogar



Estaba claro que lo nuestro debía tener un final tan clásico y desgarrador como “Casablanca”. Al fin y al cabo, siempre me he considerado un intento fallido de Humphrey Bogar y tú eres la Ingrid más sensual que he tenido la suerte de echarme a la cara. Aquellos ojos aún no sabían mentir, preciosa, eran ventanas abiertas de par en par a tu interior.
La primera vez que te vi aparecer pensé que se debía a un error de cálculo, un fallo en tu brújula que te había llevado a perderte en el caos que me rodea. Quizá las páginas de mis libros con historias prefabricadas te habían dado una imagen equivocada de mí; me creías un escritor coherente y feliz, y no un despojo del pelele que un día pude llegar a ser, un puñado de ruinas sin valor ya. Traías demasiado  color para una vida estancada en el negro. Una vida que tú, preciosa, intentaste  iluminar por todos los medios… Aunque todos sabíamos que sería trabajo en vano.
Pero, cariño, mi vida es así. Negra, como yo. Negra como la noche en que decidí borrar tu número de mi agenda. Negra como el camisón de raso que duerme contigo, cada noche, al lado de un tipo incapaz de ver la suerte que tiene de estar junto a ti.
Demasiada tentación para un cobarde como yo. Mejor huir refugiándome en las camas que encontré por el camino antes de admitir que lo tuyo, preciosa, lo tuyo no era un capricho pasajero. Me hubiera dejado atrapar sólo por dormir una noche contigo, en tu cama. Pero las cursiladas no van conmigo y mi mala reputación iba a quedar más que perjudicada si continuaba empapándome de ti.
Ahora procuro no pensarte, aunque, de vez  en cuando, me sorprendo buscándote por las calles de la ciudad donde coincidimos la primera vez. Voy a los cines, a los teatros, a las cafeterías a las que prometí llevarte y jamás lo hice, preciosa, por miedo a que pudieras contaminarte de mi miseria.
Hay cosas que nunca deberían marchitarse y otras que han nacido podridas. Y la lógica nos dice que no es bueno mezclarlas, bajo ningún concepto.
Sé que hice bien alejándote de mí; sólo es que, a veces, en noches como esta, sin darme cuenta, recuerdo esa primera vez que te vi, con aquel vestido azul, y te dije: “Hola encanto. Estás preciosa esta noche”. Lástima que mis intenciones nunca estarán a la altura de lo que tú te mereces.

Imagen:
http://dead-beat-nick.deviantart.com/art/Humphrey-Bogart-41038194