jueves, 16 de julio de 2015

Con voz propia: Beatriz Melgares y Sergio Milán



Me he convertido en una incondicional de tus canas, incluso de esa arruga que asoma cuando frunces el ceño en tus fingidos enfados. La seriedad del traje y la corbata, impecables, contrastan con la pulsera de cuero que surge indiscreta en tu muñeca cuando estiras el brazo para escribir en la pizarra”.

Hay historias que necesitan de dos para ser contadas. Esta es una de ellas.
No es fácil encontrar quién dé vida a los personajes que voy creando. Mis criaturas son muy exigentes y no se van con cualquiera. Pero “Noelia” lo tuvo claro desde el primer momento. Era el cuento perfecto para Beatriz Melgares, actriz de grandes contrastes, y Sergio Milán: actor, director y responsable del cortometraje “Para Sonia”.
La complicidad que se desprende de cada palabra no es fruto de la casualidad, sino de la combinación de dos personas que encajan como piezas de puzzle, dentro y fuera de estas líneas. Un fantástico trabajo a dúo y con mucho cariño que ha cristalizado en este texto que llevaba mucho tiempo queriendo compartir con vosotros.
Sentaros en la última fila de esta clase de cualquier asignatura, de cualquier universidad, de cualquier ciudad, y fijaros en la muchacha que tenéis a vuestra derecha, de increíbles ojos verdes y aspecto tímido, que muerde el bolígrafo, distraída, mientras observa al profesor que se mueve con seguridad al otro extremo de la sala.
Gracias a Sergio Milán, por anudarse la corbata de profesor responsable y respetable, y a Beatriz Melgares, por convertirse en una “Noelia” perfecta que consigue intrigarnos con sus pensamientos y con sus decisiones.

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sábado, 13 de junio de 2015

Con voz propia: Aurora González


“De película”: hay historias que se cuentan desde la pantalla y otras desde las butacas.

“Siempre fuiste un cobarde, lástima que la oscuridad de la sala no me permitiera verlo en nuestra primera cita”.

Todos acudimos al cine para dejarnos embaucar por historias contadas con mejor o peor acierto. Pero, a veces, las historias también surgen entre las butacas con la misma intensidad, o quizá mayor, que las de la propia pantalla.

Este relato está cuajado de referencias someras al cine clásico de Hollywood: a sus películas, a sus actores e, incluso, a alguna frase que ya forma parte del imaginario colectivo, dibujándonos una historia de amor que, perfectamente, podría acabar siendo el guión de cualquier película.

Esta vez, contamos con la deliciosa voz de Aurora González, que                    ya fue mi dulce Nuria en el relato sonoro “Gabriel”, junto a Alfonso Laguna. Aurora consigue darle ese punto melancólico que la historia pide, trasladándonos a ese momento en que las luces se apagan dentro de la sala y, mezclándose con las bandas sonoras de los cines clásicos al más puro estilo Roxy, podemos ver como evoluciona la “película” que nos quiere contar.

Logra que nos sintamos espectadores en primicia de una historia que comienza con el aire bajo la falda en “La tentación vive arriba”. Gracias, Aurora, por llevarnos de la mano a través de un puñado de líneas que se convierten en una película para nuestro disfrute. Queda demostrado así el poder de la voz.



lunes, 11 de mayo de 2015

La ignorancia de los que no sabemos leer entre líneas

Hoy no os traigo un cuento sino una respuesta al artículo de Juan Gómez-Jurado titulado “Venganza contra la traducción”. He recogido en el título de esta entrada sus propias palabras porque, en lugar de recular y entonar: "Lo siento mucho, me he equivocado" sigue erre que erre aferrado a la brocha cuando hace tiempo ya que le han quitado la escalera.
Su artículo descalifica gratuitamente a los traductores de películas y, de rebote como suele ser costumbre en estos casos, a los actores de doblaje a los que se atreve a calificar de "ladrones y violadores". Y, para rematar la jugada, nos acusa a todos de no saber leer entre líneas. Señor Gómez-Jurado: en la frase: no creo que nadie quiera presumir de tener los mejores ladrones y violadores del mundo", ¿cuál es el significado correcto de las palabras "ladrones" y "violadores"? ¿Acaso hay más escondido bajo esa delicada sutileza que destila su frase?
Está claro que hay personas que se piensan que por tener un "púlpito" dónde dar su sermón, éste se convierte en verdad absoluta. Allá ellos. Lo que no comprenden es que la descalificación (y en este caso "descalificación" es un término suave para lo que ha hecho el señor Juan Gómez-Jurado) es la línea que jamás se debería franquear.
Yo no pensaba que un periodista, escritor, con sus libros traducidos a varios idiomas y un par de premios a la espalda necesitaba el insulto para apoyar sus teorías. Me equivoqué. Claro que también pensaba que este tipo de gente se informa antes de escribir un artículo pero… ya he visto que tampoco.
No soy periodista, sin embargo, me he tomado la molestia de preguntar a los que saben de este tema (traductores, directores, ajustadores y actores de doblaje) para documentar la respuesta que usted se ha ganado a pulso, demostrándole a la vez que se puede hablar de algo sin necesidad de ofender a los que no están de acuerdo con lo que usted dice, sobretodo cuando lo dicho no se ajusta a la verdad.
Los títulos nunca los deciden los traductores, sino el cliente y, casi siempre, buscando algo comercial que anime al espectador a ir a verlo. Esto seguro que le suena porque las editoriales suelen hacer lo mismo.
La adaptación de una película es un proceso en el que intervienen muchas personas. El traductor, que hace su trabajo a conciencia, suele añadir notas que van dirigidas al ajustador para que, a la hora de encajar los diálogos en las bocas de los actores originales, estos sean lo más fieles posibles a la traducción. Es un trabajo en equipo que lleva mucho tiempo, que se cuida y que busca la fidelidad al original y, por supuesto, la naturalidad a la hora de hablar. Siempre prevalecen "las bocas" que son, en definitiva, las que mandan y las que permitirán una frase u otra. A lo que, después, hay que sumarle el trabajo del director y de los actores de doblaje que, aunque solo nos llegue su voz, interpretan con todo el cuerpo, pegándose lo más posible al original y, en algunos casos, mejorándolo.
Como ve, no son “los brillantes traductores”, como usted los llama, los que deciden la modificación de un diálogo, es una decisión de equipo. Tampoco se cambia por cuestiones de censura, eso es de otra época, ni tampoco para bajar el listón por falta de cultura del personal. Ninguno de sus argumentos se ajusta a la realidad.
Usted propone la opción de los subtítulos. Y yo le pregunto: ¿sería capaz de verse “El Señor de los Anillos” subtitulada? Seguramente sí, porque usted es un ser superior, pero no todo el mundo puede. Hay quién no tiene la rapidez de leer a la par que se fija en la expresión del actor, le da la entonación  adecuada y disfruta del conjunto. Eso, por supuesto, si hablamos de las personas que pueden leer la pantalla. Le informo que el colectivo de ciegos y discapacitados visuales también acuden al cine y, al contrario que usted, no pueden permitirse el lujo de leer los subtítulos. Para ellos el doblaje, si es que acaso no quieren la versión original, es la única manera de acceder al contenido, así que, por favor, modere su lenguaje cuando hable de un colectivo que ayuda a que todos se sientan integrados a la hora de acudir a las salas.
Otro de los grandes errores de su artículo es afirmar que hace quince años que dejamos de tener buenos actores de doblaje. No voy a soltarle aquí la lista de actores que tenemos en activo y que hacen un trabajo magnífico, porque me da la sensación que probablemente no conozca ni a la mitad, porque no se ha molestado en conocerlos. Pero le diré que, a día de hoy, tenemos los mejores profesionales del sector que se dejan la voz en el atril para que todos (TODOS) tengamos la opción de disfrutar de películas, series, documentales, incluso libros, en nuestro idioma.
Un artículo no es la terraza de un bar donde uno se desfoga por una rabieta sin medir las palabras que va soltando por la boca, y eso es algo que usted debería saber. Todos tenemos derecho a dar nuestra opinión, faltaría más, pero antes de hacerlo tenemos que saber de qué estamos opinando.
Y me voy a permitir el lujo de darle un consejo, con total humildad: hablar tan mal de un colectivo que, quizá mañana, traduzca sus libros o incluso llegue a ponerles voz (porque existe una cosa llamada "audiolibro") tal vez no sea buena idea, porque si a mí me llamase "ladrona y violadora" no habría dinero en el mundo que pague el hecho de que yo le ponga voz a uno de sus textos.
Espero haber cumplido con mi objetivo de demostrarle cómo se puede hacer un artículo explicando la realidad de la adaptación audiovisual, respetando que haya otras opciones y, sobretodo, sin recurrir al insulto para apoyar mis teorías.

lunes, 4 de mayo de 2015

Con voz propia: Carlos Moreno Palomeque



Seguro que esta falta de protocolo al vestir irritará a mis jefes. Claro que, de todas formas, ya se buscarían otra excusa para acabar echándome la bronca. Mejor ponérselo fácil esta vez.”

No es sencillo crear un personaje, os lo aseguro. Pero aún es más difícil buscarle la voz perfecta.
Cuando tropecé por casualidad con Carlos Moreno Palomeque, por alguna razón, me lancé a la piscina y sin apenas haber cruzado cuatro frases con él le pedí que me locutara un cuento.
Yo ya había oído cómo trabajaba este actor gracias a las demos que tiene colgadas en su canal.
Esta vez, preferí mandarle el libro “Con nombre propio” para que él eligiera el que más le apeteciera, pero yo ya tenía en mi cabeza el personaje que le iba como anillo al dedo.
La sorpresa fue descubrir que ambos habíamos coincidido en elegir a “Alex”: un pobre infeliz, con el dinero por castigo, que se siente desaprovechado en la empresa para la que trabaja.
Carlos se mete en la piel de este personaje, consiguiendo que lleguemos a verle con total nitidez (aunque estemos a oscuras) revolviendo las perchas del armario y tanteando para elegir traje en otro día más de condena.
Gracias a Carlos Moreno Palomeque por su buen trabajo, por esa voz que cambia como los cristales de un caleidoscopio y por ese final, perfecto y pleno, que nos da la vuelta a todo el relato.


martes, 7 de abril de 2015

En blanco (o en negro)



   No surge nada. Nada. Ni si quiera me ayuda el güisqui matado de mala manera con un par de cubitos de hielo que hace tiempo que pasaron a mejor vida. Hoy no es un día bueno para escribir. No quiere aparecerse ningún personaje estrafalario con alguna historia que vivir (o morir).
   Hoy solo hace calor y los vecinos gritan en la calle jodiendo al personal. El silencio es pieza cotizada en esta parte de la ciudad, me temo. Las malditas cortinas se intentan suicidar asomando más de medio cuerpo por la ventana. No se aguantan ni ellas mismas o quizá intentan huir de un ambiente mortalmente cargado de humo (y es que ya llevo medio paquete de tabaco y no hace ni dos horas que lo compré). Me retuerzo, incómoda, en la butaca del despacho y la percusión constante de mis dedos sobre la mesa acaba por ponerme nerviosa.
   Abro Internet. Te echo de menos. Busco en las páginas de tu periódico, en tu blog, en tu perfil cerrado a cal y canto, en las  noticias, en las fotos de la semana pasada presentando tu último libro. Y veo que estás bien. Con ella. Siempre colgada del brazo. Algo más gordo, quizá; algo más viejo, seguro; más canoso, eso es algo que siempre me gustó de ti. Eso y tus mentiras, deliciosamente reales.
   Sé que esto no me hace bien, pero mi otro yo se calma al verte tan feliz. Y los gritos desquiciados de mi cama llamándome consiguen convencerme para que cierre esto y me acueste abrazada a la almohada que hace tan solo un año compartías conmigo. Se siente sola, como todos. No me quedará más remedio que hacerla caso e irme a consolarla.

Imagen:
http://www.deviantart.com/art/Black-and-White-380667223

viernes, 3 de abril de 2015

Hammerklavier



   La gran sonata para piano de martillos ha sido siempre un desafío para cualquier músico que se precie. Juan se empeñó en interpretarla en el concurso y las sonrisas de escepticismo no tardaron en aparecer en muchas caras. Las mismas que se asombran tras el primer movimiento, y que llegan a las lágrimas con el impresionante adagio que recorre como una caricia al ya entregado auditorio. Al acometer la fuga del último movimiento, la sala es incapaz de respirar en sus asientos y estalla en aplausos cuando Juan, exhausto, finaliza brillantemente la pieza. Algunos, incluso, se ponen en pie, recompensando el esfuerzo de tantos meses de preparación. Casi parece increíble.
   Juan les mira serio, sudoroso, con los brazos cruzados, marcando las distancias. Les observa, sin pestañear. No hay un gesto en su cara que denote lo que puede estar pensando. Pasea su mirada azul por el patio de butacas del auditorio plagado de gente que aplaude entusiasmada tras anunciarse que él es el indiscutible ganador del Concurso.
   Yo ya sabía que sería así. Estaba convencida de que les dejaría a todos boquiabiertos. Juan es un chico con un talento especial, lo supe la primera vez que le senté frente a un piano y de eso hace ya más de tres años.
   Los aplausos se alargan en el tiempo y Juan se impacienta. Ve sonreír a sus padres y a su hermano pequeño, eso le gusta; pero se siente incómodo siendo el centro de atención de tantos desconocidos.
   Sus grandes ojos me buscan en las primeras filas y, con un par de zancadas, baja a buscarme para llevarme de vuelta con él al escenario. Conmigo se siente seguro.
   Los nervios hacen que clave las uñas en mi brazo, inconsciente de que eso me hace daño. Le miro y, en voz baja, le insto a calmarse y relaja la mano que aprieta mi brazo. Con el control que parecía tener hace un momento, interpretando extasiado una de las piezas más complejas de Beethoven. Se miraba las manos, absorto, mientras éstas corrían por las teclas del inmenso piano de cola situado en el centro del escenario. Durante la interpretación, Juan había permanecido con la mirada perdida en el infinito del atril vacío, mientras las notas de la “Hammerklavier” cobraban vida propia. Se balanceaba en la banqueta siguiendo el ritmo de una pieza aprendida de memoria por propia exigencia y voluntad. Siempre ha sido un perfeccionista, convirtiéndose en un experto del tema. Un virtuoso al piano que, ahora, obtenía su recompensa con un auditorio entregado y emocionado después de oírle tocar.
   Uno de los miembros del jurado le hace entrega del diploma y le pide que diga unas palabras. Pero Juan se ve incapaz de hablar frente a tanto desconocido y, con una simple mirada, busca mi complicidad. No tengo nada preparado, pero sé lo que debo decir:
   —Gracias a todos. —Mis palabras se mezclan aún con los últimos aplausos del público—. Soy Ana Diez, la profesora de piano de Juan. Él es un poco tímido… por eso seré yo quien hable. Ante todo, de nuevo, gracias por estos aplausos. Ahora os contaré algo sobre Juan para que le conozcáis: tiene dieciséis años y está terminando secundaria, le encanta jugar al Risk, lo sabe todo sobre la vida y obra de Beethoven, os puedo decir que es un perfeccionista, disciplinado a veces, cabezota otras, lector impenitente de Poe, tiene alergia a los gatos y es autista. Hubo quién le quiso quitar la idea de presentarse a este concurso porque, de todas las cosas que os acabo de decir,  sólo supo quedarse con la palabra “autista”, olvidando las demás. Como veis, no se puede definir a Juan con una sola palabra. Por suerte, no todo el mundo es así…
   Juan me coge del brazo para llamar mi atención. Le da vergüenza cuando hablan de él. Me giro y le veo decidido a hablar. Le sonrío y me devuelve la sonrisa. Se acerca al micrófono y su voz adolescente rompe el impresionante silencio del auditorio:
   —Gracias.
   Un serio y simple “gracias” que arranca de nuevo los aplausos de la gente. Juan se vuelve hacia el piano buscando el refugio de la banqueta. La coloca con exquisita precisión y hace un reprise del Allegro de la sonata. Supongo que es la mejor manera de ponerle final al discurso.

Imagen:
http://www.deviantart.com/art/Piano-Rainbow-121020493

viernes, 13 de marzo de 2015

Con voz propia: Julio Lorenzo



“Rosa”, políticamente perfecta.

“Es lo que tienen las voces, que engañan tanto como los ojos”.

Y partiendo de esta premisa entramos en una historia donde, más que nunca, las cosas no son lo que parecen.
Trazado el personaje sólo era cuestión de dar con la voz perfecta y la interpretación justa para que este cuento nos envuelva y nos atrape desde el principio.
Y es algo que Julio Lorenzo consigue de una forma tan natural que, simplemente con cerrar los ojos, podemos ver a un político, de corbata perfectamente anudada y cuatro canas bien puestas, contándonos parte de su vida y hablándonos de Rosa.
Disfrutad tanto como he disfrutado yo oyendo una y otra vez este relato que salta del libro “Con nombre propio” a nuestra mesa en la cafetería para, mientras disfrutamos de un café, contarnos un cuento (que no es para niños, por supuesto).
Gracias a Julio Lorenzo, actor de doblaje (entre otras muchas cosas), por darle tanta elegancia a un personaje del que no conocemos el nombre pero al que ahora siempre pondremos voz.

martes, 13 de enero de 2015

Justine


   Siempre he pensado que eso del amor está sobrevalorado. Realmente, ¿qué es amor? ¿Quién se encarga de decidir  lo que es para  cada uno?
   Hay tantas clases de amor como  personas, pero los apasionados de los tópicos y las clasificaciones suelen reducirlo a dos categorías: el amor de mujer y el de hombre. Demasiado simplistas, las cosas nunca son blancas o negras.
   De siempre nos han inculcado que el hombre es más visceral y la mujer más pasional. Y, por eso, muchas se engañan pintando de amor sus pasiones para no sentirse culpables si, en algún momento, acaban gozándo contra la pared de un aparcamiento vacío.
   Eso no es malo -lo del aparcamiento-, sólo que no es amor sino sexo. Pero muchas temen decir esa palabra en voz alta. Reminiscencias de un estilo de vida ya pasado que no termina de destilarse.
   Yo me he cansado de sostener esa mentira y, desde  que él se marchó, he decidido convertir mi vida y mi cama en motel de paso para cualquiera que tenga tiempo y ganas de prestarme atención.
   Mis amigas  piensan que en el fondo soy una ninfómana descontrolada que no sabe reconocer su adicción. Lo que no saben es que el amor, el verdadero amor, sólo se siente una vez. Y yo ya lo sentí y lo perdí, o mejor dicho me perdió, porque en el fondo creo que ese pobre desgraciado no sabe lo que ha dejado atrás.
Y le imagino en brazos de alguna intentando centrarse para no pensar en mí, en la resistencia de su cinturón y las gotas de sudor lloviendo la cama, en las cenas románticas que improvisábamos al salir del trabajo, en las tardes de cine clásico en el sofá rojo del salón…
 Estoy segura que mas de una vez ha pensado en mí, como yo pienso en él. Y que más de dos veces se ha tenido que sujetar las manos para no llamarme desde cualquier cabina en mitad de una noche perdida.
   Pero, por suerte, el tiempo todo lo cura; y ahora él tiene su espacio y yo la cama llena. Y no me siento mal por ello, ni consiento que ningún desgraciado me etiquete con  apelativos reservados únicamente para nosotras porque, si yo fuera un hombre, ninguno de los que ahora me escucháis os lo plantearíais. Al contrario, aplaudiríais mi actitud  (siempre que no fuera con vuestra hermana, claro).
   No considero que los hombres que  pasan por mi cama sean pañuelos de usar y tirar, algunos también tienen su encanto, a veces hasta una conversación interesante, sólo que no suelo darles tiempo extra. Me gusta dormir sola y, una vez me he duchado, espero no encontrarles entre mis sábanas.
   Sería divertido ver como uno de esos escritores que enarbolan la bandera de ser grandes conocedores del alma femenina se arriesgara a escribir sobre alguien como yo: una mujer con carácter que se cansó de teñir de amor lo que, en el fondo, es simplemente sexo.
   Pero no les veo capaces (por no decir que "les faltan huevos"). Las mujeres  como yo les intimidan, les acojonan; y prefieren esconder su cobardía bajo columnas de periódico, donde nos ponen de vuelta y media, y hablan de la decadencia del feminismo o, peor aún, se atreven a inventar conceptos innovadores como "feminismo naci", una de sus últimas demostraciones de torrencial ingenio.
   A esos, a los que se creen en poder de la verdad, a los que piensan que conocen el secreto de las mujeres, les reto a que vengan aquí y hablen de mí, una mujer independiente que no necesita amor para  seguir adelante, ni tampoco un hombro -de hombre- en el que apoyarse y a la que le gustan los revolcones ocasionales tanto o más que a ellos.
   No vendrán, no, porque en el fondo no soportan ver su reflejo en un cuerpo más perfecto. O quizá sea, simplemente, temor a sucumbir.