martes, 15 de marzo de 2016

Catalina. ('Con nombre propio')

 “El viento agita las ramas de los árboles moviéndolas de un lado a otro de la calle. Unas veces lentamente, otras de forma brusca, obligándolas a soltar las hojas que caen con un grito mudo hasta acabar arrastrándose por el suelo, moribundas, a merced del viento impertinente y de los pasos rápidos de la gente.
 Se va notando ya el frío. Algunos suben las solapas de sus chaquetas, intentando así zafarse de él. Pero el frío se cuela por cualquier resquicio mordiéndoles por dentro, obligándoles a encogerse dentro de sus chaquetas buscando refugio.
Diminutas gotas de lluvia lo salpican todo. Invisibles, van calando sin prisa lo que encuentran a su paso, cuajando los cristales de los coches de pequeñas motas transparentes que resbalan como lágrimas, dejando ondulados surcos brillantes.
Mis botas se sienten niñas mientras juegan en los charcos de hojas que se han ido formando a lo largo del camino. Paseo parapetada tras mi bufanda y con el pelo enredado en las manos del viento que me acompaña mientras saco al perro por el parque que hay frente a tu casa.
Sé que me estás mirando desde tu ventana, observando el juego que me traigo con las hojas, con el aire, con las pequeñas gotas de lluvia que se escapan cuando el viento cesa. Imagino lo que estás pensando, el odio que guardas. Ése que aún no ha desaparecido, el que te obliga a mantenerme lejos de ti (…)”.

martes, 8 de marzo de 2016

Diego. ('Con nombre propio')



Me considero un escritor mediocre desde que ella entró a formar parte de mi mundo; viviendo de las rentas de un nombre, de una fama, ganada a base de  tormentosas historias que conseguían helar el alma de mis lectores que, en poco tiempo, me elevaron a la categoría de escritor de culto. Nunca supe bien a qué daba derecho aquella categoría, pero no se vivía del todo mal en ella.
Ni los premios, ni el dinero, ni las críticas favorables por mis últimas novelas lograban llenar el vacío que sentía por no poder dar vida a aquellos primeros personajes angustiados, heridos, que habían logrado consagrarme como escritor.
Estaba atrapado por un amor que apaciguaba mi desazón, mis desvaríos, ese lado cruel y amargo que todos nos empeñamos en ocultar, pero al que yo había convertido en la clave de mi éxito.
Su amor estaba dulcificando mi carácter, impidiéndome crear esas criaturas perdidas en traumáticas historias que sufrían la vida que yo les había impuesto.
Aunque a los ojos de los demás era infinitamente mejor desde que ella estaba conmigo, tanta felicidad estaba acabando con mi capacidad para crear. Todos insistían en recordarme una y otra vez que tenerla a mi lado me estaba convirtiendo en mejor persona. Pero nadie caía en la cuenta de que, a medida que me enamoraba como hombre, como escritor iba muriendo con novelas decadentes y sensibleras, relatos de metro que se devoraban sin apenas prestarles atención.
Yo me veía atrapado, viviendo la vida de otro. Me sentía incompleto sin mis personajes sufriendo historias retorcidas que nunca acababan bien. Me diagnostiqué un exceso de felicidad; demasiada para escribir a mi gusto, para poder zambullirme en la mente atormentada de mis criaturas y desangrar sus vidas ante incautos lectores hambrientos de nuevas novelas. Había olvidado lo que era el sufrimiento, el dolor en lo más profundo, la desolación, el miedo. Necesitaba volver a encontrarme con esa angustia, verla reflejada en los ojos de alguien. De ella, por ejemplo.
Y así, di rienda suelta a mi plan. (…)

martes, 1 de marzo de 2016

Lucía. ('Con nombre propio')



Poca gente consigue distraerme cuando estoy sentado en mi mesa de costumbre, con mi café y mi periódico. Procuro no mirar más allá de la noticia que esté leyendo. La verdad es que me importa poco lo que pueda pasar a mi alrededor, pero ella llamó mi atención desde el primer día.
Trabaja cerca de aquí, en una de esas lujosas oficinas al otro lado de la calle. Siempre sonriente. Optimista convencida y militante, hasta hace un par de meses en que cambió radicalmente. Su aspecto parecía abatido, cansado. Daba la sensación de que sus noches no se habían hecho para dormir. Se le agrió el carácter y decidió cambiar su sonrisa por una mueca avinagrada.
Hacía un par de semanas que no bajaba, como era costumbre, a tomar su café después de comer. Pero hoy ha vuelto a cumplir con su rutina. Me ha costado reconocerla cuando sus tacones me obligaron a levantar la vista, ávido de curiosidad por saber quién andaba con ritmo tan acompasado.
Parece otra. Risueña, sí, pero ya no tiene ese poso de inocencia. Algo ha cambiado en sus gestos, en su forma de vestir incluso. Me parece aún más sexy que antes. Segura de si misma. El tipo de mujer que siempre me volvió loco.
Me ha mirado y le he correspondido con un gesto amable. A fuerza de vernos a diario, acabamos por saludarnos sin más aspavientos. Una lástima que mi mujer no me deje salir con otras.
Se ha sentado en una mesa frente a la mía a disfrutar de su café y su libro, hasta que ese chico -con el que a veces la había visto- ha entrado en la cafetería. Indeciso, arrastrando los pasos, se ha acercado a ella y la ha saludado.


lunes, 11 de enero de 2016

Justine. ('Con nombre propio')



Recuerdo aquella tarde. Pequeñas gotas de lluvia habían llenado de pecas los cristales de los coches. Desde esa terraza podía controlar casi toda la plazoleta. La música de fondo amortiguaba los pasos de los peatones. En el aire, un ligero aroma a café y bollos recién hechos. Yo, tranquilo, leía a Dante, cuando un soniquete familiar quebró la línea. Busqué el origen a mi alrededor, imposible equivocarme, alguien jugueteaba con un llamador de ángeles.
Un par de mesas más allá, una muchacha morena de vestido azul agitaba el colgante mientras charlaba muy animada por teléfono. La observé esperando a que terminara de hablar. Su voz era dulce, deliciosamente perfecta, acompañada en todo momento por el son rítmico de la esfera metálica que rebotaba en la palma de su mano una y otra vez.
Cuando terminó, al fin, me acerqué, sonriente. Tenía más que estudiado cada ademán, pero no tuve tiempo de llegar. Se levantó y salió corriendo. Alzó la mano, paró un taxi y desapareció.
Regresé durante semanas, por si volvía a verla. Fue inútil.
Pero el destino es caprichoso y algún tiempo después nos hizo coincidir, esta vez en una sala de exposiciones. Ella, vestida de rojo con el pelo recogido subida en unas vertiginosas sandalias de tacón. Jugueteaba, cómo no, con la minúscula bolita plateada mientras observaba, absorta, una de las pinturas. Su aspecto distraído, de mujer perdida en los recovecos del cuadro, era enternecedor.
No perdí el tiempo pensando. Fui directo a ella:
-Si continúas agitando tu llamador con tanta vehemencia, vendrán todos los ángeles de la sala en tu ayuda.
Se giró y me miró sonriente. Estaba seguro de que me preguntaría qué había querido decir con eso. Pero no. Hay personas que nunca rompen la magia de un instante por nada del mundo.
-No necesito protección. Y menos de un "Ángel".
Sólo había sido un juego de palabras, seguro, pero sonaba tan decidida que no supe qué contestar. ¿Cómo podía conocer mi nombre? Sus dedos ágiles retorcían inquietos el cordoncito del colgante, haciéndolo sonar suavemente.
- ¿Coleccionas? -me interpeló.
-Sí, pero no cuadros. Yo colecciono llamadores como ése que llevas.
-Yo también colecciono.
- ¿Sí? -Aquello me sorprendió. ¿Y qué coleccionas?; si puede saberse.
Intenté disimular el intenso tono prepotente de mi pregunta. En vano.
-Colecciono cosas exclusivas. Cosas que pocos hayan llegado a tener alguna vez.
No pude por menos que sonreír, aguantando estoicamente una carcajada:
-Vaya. Y, ¿qué puede ser eso que pocos hayan tenido?
Me miró fijamente, inundándome de azul:
-Lo que yo colecciono es raro de encontrar -continuó explicando-, porque quien lo tiene no suele dejarlo escapar.
Atrapados por la conversación, seguimos disfrutando de la sala de exposiciones. Ella se paraba a mirar las obras ladeando ligeramente la cabeza hacia la derecha, con la boca entreabierta. Deliciosa.
Todo lo que decía me resultaba interesante. Me contó de dónde procedía su nombre, Justine; que todos pensaban que sus padres eran unos apasionados de Sade, cuando en realidad el nombre lo tomaron de la gran obra de Mary Shelley. Me contó que no se llega a ningún sitio cuando uno estudia bellas artes y que uno de aquellos cuadros era suyo, retándome a que adivinara cuál.
Yo le conté la tradición en mi familia de llamar  Ángel al primogénito, que tampoco se consigue demasiado trabajando en una jaula de hormigón manejando el dinero ajeno y que hacía mucho tiempo que no pasaba una velada como aquélla. Señalé un cuadro, por ver si acertaba, pero ella negó con la cabeza.
Y tuve que ver cómo alzaba de nuevo su mano, montaba en un taxi y volvía a quedarme solo. (…)



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