lunes, 11 de enero de 2016

Justine. ('Con nombre propio')



Recuerdo aquella tarde. Pequeñas gotas de lluvia habían llenado de pecas los cristales de los coches. Desde esa terraza podía controlar casi toda la plazoleta. La música de fondo amortiguaba los pasos de los peatones. En el aire, un ligero aroma a café y bollos recién hechos. Yo, tranquilo, leía a Dante, cuando un soniquete familiar quebró la línea. Busqué el origen a mi alrededor, imposible equivocarme, alguien jugueteaba con un llamador de ángeles.
Un par de mesas más allá, una muchacha morena de vestido azul agitaba el colgante mientras charlaba muy animada por teléfono. La observé esperando a que terminara de hablar. Su voz era dulce, deliciosamente perfecta, acompañada en todo momento por el son rítmico de la esfera metálica que rebotaba en la palma de su mano una y otra vez.
Cuando terminó, al fin, me acerqué, sonriente. Tenía más que estudiado cada ademán, pero no tuve tiempo de llegar. Se levantó y salió corriendo. Alzó la mano, paró un taxi y desapareció.
Regresé durante semanas, por si volvía a verla. Fue inútil.
Pero el destino es caprichoso y algún tiempo después nos hizo coincidir, esta vez en una sala de exposiciones. Ella, vestida de rojo con el pelo recogido subida en unas vertiginosas sandalias de tacón. Jugueteaba, cómo no, con la minúscula bolita plateada mientras observaba, absorta, una de las pinturas. Su aspecto distraído, de mujer perdida en los recovecos del cuadro, era enternecedor.
No perdí el tiempo pensando. Fui directo a ella:
-Si continúas agitando tu llamador con tanta vehemencia, vendrán todos los ángeles de la sala en tu ayuda.
Se giró y me miró sonriente. Estaba seguro de que me preguntaría qué había querido decir con eso. Pero no. Hay personas que nunca rompen la magia de un instante por nada del mundo.
-No necesito protección. Y menos de un "Ángel".
Sólo había sido un juego de palabras, seguro, pero sonaba tan decidida que no supe qué contestar. ¿Cómo podía conocer mi nombre? Sus dedos ágiles retorcían inquietos el cordoncito del colgante, haciéndolo sonar suavemente.
- ¿Coleccionas? -me interpeló.
-Sí, pero no cuadros. Yo colecciono llamadores como ése que llevas.
-Yo también colecciono.
- ¿Sí? -Aquello me sorprendió. ¿Y qué coleccionas?; si puede saberse.
Intenté disimular el intenso tono prepotente de mi pregunta. En vano.
-Colecciono cosas exclusivas. Cosas que pocos hayan llegado a tener alguna vez.
No pude por menos que sonreír, aguantando estoicamente una carcajada:
-Vaya. Y, ¿qué puede ser eso que pocos hayan tenido?
Me miró fijamente, inundándome de azul:
-Lo que yo colecciono es raro de encontrar -continuó explicando-, porque quien lo tiene no suele dejarlo escapar.
Atrapados por la conversación, seguimos disfrutando de la sala de exposiciones. Ella se paraba a mirar las obras ladeando ligeramente la cabeza hacia la derecha, con la boca entreabierta. Deliciosa.
Todo lo que decía me resultaba interesante. Me contó de dónde procedía su nombre, Justine; que todos pensaban que sus padres eran unos apasionados de Sade, cuando en realidad el nombre lo tomaron de la gran obra de Mary Shelley. Me contó que no se llega a ningún sitio cuando uno estudia bellas artes y que uno de aquellos cuadros era suyo, retándome a que adivinara cuál.
Yo le conté la tradición en mi familia de llamar  Ángel al primogénito, que tampoco se consigue demasiado trabajando en una jaula de hormigón manejando el dinero ajeno y que hacía mucho tiempo que no pasaba una velada como aquélla. Señalé un cuadro, por ver si acertaba, pero ella negó con la cabeza.
Y tuve que ver cómo alzaba de nuevo su mano, montaba en un taxi y volvía a quedarme solo. (…)



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martes, 5 de enero de 2016

Beatriz


No la quería, es cierto. Para mí sólo era un entretenido juego de seducción. Cuanto más difíciles, más despiertan mis ganas de querer desmontarlas.
El sexo no es la razón primordial por la que lo hago. Aunque, por supuesto, no voy a despreciar una buena ración de cama. Suelen ser muy generosas cuando creen que te has enamorado.
Beatriz es uno de los mejores ejemplares que se me han puesto a tiro. Tenía un atractivo natural, una sensualidad innata que conseguía atraparte. Tan discreta, tan callada. Perfecta. Con un toque de timidez e ingenuidad que la convertían en un delicioso bocado al alcance de muy pocos.
Trabajaba de camarera en el bar donde suelo parar después del trabajo. Con el pelo recogido y ligeramente maquillada, se podía intuir un bonito cuerpo bajo el uniforme. Lo que más me gustaba eran sus piernas, largas y torneadas, que cruzaba con picardía cuando se sentaba a descansar en uno de los taburetes de la barra.
Acabé enterándome de que estaba casada desde hacía años con una mala bestia que nunca supo tratarla. Solía engañarla con cualquiera, sobre todo con la bebida, cosa que no tardó en pasarle factura.
El hecho de que su marido fuera un miserable frenaba mis instintos de caza. Demasiado fácil conquistar a alguien con un tipo así al lado. Aburrido. No era para mí. Pero ese atractivo suyo, tan morboso… No pude contenerme y comencé con mi metódico ataque sin sopesar las consecuencias. (…)


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jueves, 31 de diciembre de 2015

Brindemos



Debería haber puesto mi voz, como algunos me sugirieron, a este seudo-relato, a este brindis en la distancia…, pero eso no es lo mío. Lo mío es escribir, mejor o peor, a trompicones o de forma febril, solo escribir, y que sean otros los que le pongan cuerpo y voz a mis letras.
Y así, con la copa llena, empecemos el brindis a la salud de aquellos que saben transmitirnos lo que esconden las palabras, solo con el poder de su voz.
Brindemos por quien se deja la piel para conseguir lo que se propone, a pesar de que se le tache de loco.
Brindemos por las Sensaciones, incluso por aquellas que no sabemos catalogar; por las personas, por los personajes, por las historias, por los principios y los finales, que nos transforman, a veces, de golpe, a veces, poco a poco.
Brindemos por aquellos que han salido de nuestra vida, sin conseguir destrozarnos demasiado, Y por los que han entrado en ella, revolviéndolo todo y quitándole el polvo a estanterías que teníamos olvidadas.
Brindemos por  quien quiere dar la cara y, también, por quien se siente más cómodo encerrado en un juego de espejos, mostrando algunas cosas, escondiendo otras, creando la ilusión de que su mundo es otro, diferente y paralelo.
Brindemos porque siempre haya alguien que, como a Niños Perdidos que somos, nos cuente cuentos: ya sea una Wendy, una Cat o una voz que nos resulte tremendamente familiar.
Brindemos porque ese cuento, en el fondo, Encierre algo nuestro: una ilusión, un momento fugaz, un beso a quien no debemos, un roce que dispara todas nuestras alarmas, un “adiós” antes de decirnos un “hola”, un cruce de miradas en una estación, un abrazo que dure siempre, un secreto inconfesable, una mentira que necesitamos creer,  una historia sin principio ni final…
Brindemos porque poco importa quién escribe esas historias, ni el dónde, ni el cómo; si es un ser real o es todo ficción; si nos cuenta parte de su vida o desparrama su vida en partes.
Brindemos porque, por suerte, podemos retractarnos de nuestras palabras, aunque hayan quedado escritas en algún lugar.
Brindemos por todo aquello que todavía no hemos dicho pero que, a lo largo de este nuevo año, no nos quedaremos sin decir.
Brindemos por poder seguir haciendo lo que nos gusta y, si no es así, que al menos encontremos la manera de cambiarlo.
Brindemos por saber cerrar a tiempo la caja de Pandora.
Brindemos por este año que se nos escapa entre los dedos, por ser irrepetible, gracias a esas casualidades que han cuajado cada uno de los meses, a las sensaciones únicas, a los recuerdos sonoros y a las personas encontradas, que han convertido los días de este año en fechas reseñables de nuestra Historia.
Brindemos, sin más, por un 2016 que superará, con creces, todas nuestras expectativas.

Cat Yuste.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

"Julia" ("Con nombre propio)





Siempre tuve alergia a los gatos y al final he acabado viviendo con uno. Julia es pura sensualidad, incluso cuando duerme acurrucada a mi lado, envuelta en carísimos camisones que compra cuando está aburrida; abrazada a delicadas almohadas que renueva siempre que le viene en gana; y oliendo al último perfume del diseñador que esté de moda.
Pero Julia es mía. Tan felina y traicionera como tierna y pasional. Cara de mantener, cierto, pero mía.
Cuando despliega sus encantos en mi cama, entonces, todo gasto ha merecido la pena. Ardiente y salvaje, pero a la vez mimosa e inocente, se roza contra mi cuerpo, sinuosa, despertándome mil sensaciones. Me clava las uñas en la espalda cuando el placer le consume y, después, duerme tranquila conmigo, junto a mí.
A su manera, me quiere y, a su manera, me lo demuestra. Y yo pierdo la cabeza, enfermo de deseo, sólo con saber que ella me espera en casa.
Es caprichosa, tozuda, egoísta y desconfiada, quizá traicionera, siempre pasional, dulce, ardiente… Una gata con un cuerpo que me vuelve loco: joven, firme, suave. Hace de mí lo que quiere, pero es conmigo con quien quiere hacerlo.
Vuelve a deshoras, contoneando sus caderas por el pasillo, deslizándose entre las sábanas de nuestra cama, ronroneando cerca de mi ombligo, entregándose, implorando mi cariño. Un cariño que sólo busca cuando le aprieta la necesidad. La necesidad de caricias. La necesidad de perdón. La necesidad de dinero.
Esa es la manera en que Julia me entrega su amor. Distinto, sí, pero es amor al fin y al cabo. Un amor que se esconde en cada uno de sus gestos como cuando, al volver del trabajo, la encuentro esperándome subida en sus vertiginosos tacones, desnuda, con una copa de vodka en una mano y un cigarrillo en la otra.
Julia me calma con juegos de seducción, con deliciosas caricias que convierten mi cuerpo en una explosión de placer.
Me escucha atenta los problemas del trabajo mientras busca en el vestidor algo que ponerse para ir a cenar con sus amigas. Asiente con la cabeza dándome la razón por no interrumpirme, sin apartar los ojos de las perchas que sostiene indecisa.
Trasnocha mucho, sí, pero siempre vuelve, conmigo, a nuestra cama, a mis brazos, buscando mi protección y, por qué no decirlo, también mi cartera.
La edad no es impedimento cuando estoy entre sus piernas, ni tampoco cuando se para frente a una joyería. Caprichosa, sí, pero mía. Conmigo. He acabado necesitando de ella tanto como ella de mí.
He vuelto a casa, pero Julia no me espera desnuda en la cocina, ni preparándose un baño, ni dormida en el sofá… Veo que faltan muchas cosas: su ropa, joyas, alguna maleta…
Dudo que regrese porque se lo ha llevado todo. Todo lo que ella considera suyo, todo lo que para ella es importante, todo excepto lo mucho que la quiero. Supongo que eso es algo que ya no va a necesitar.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Gracias a todos

Ahora que los nervios han desaparecido, por fin.
 Ahora que soy consciente de que el tiempo, cruel, se ha dado demasiada  prisa en pasar, en vuelo fugaz, por encima de nosotros.
Ahora que los recuerdos buscan un lugar donde acurrucarse y quedarse dormidos, hasta que, como en “Del revés”, encuentren la más mínima excusa para volver a proyectarse dentro de mí.
Ahora que se ve que el esfuerzo ha merecido la pena.
Ahora que he conocido a gente a la que siempre he admirado y a la que, ahora puedo decirlo con conocimiento de causa, adoro con todas las letras.
Ahora que la sensación de vacío se abre paso, a patadas, y siento como toda la tensión de los meses pasados me atropella sin piedad.
Ahora que no me queda más remedio que comenzar nuevo viaje, aunque aún no tengo claro hacia dónde ni con quién.
Ahora que miles de besos y abrazos me cubren y no quiero quitármelos de encima.
Ahora que me he bajado de los tacones.
Ahora que ya no tengo la coraza de mis criaturas, porque ya no están conmigo, porque han encontrado una voz maravillosa con la que volver a casa.
Ahora que Cat ya solo es un nombre y ya no se puede seguir fingiendo un personaje tan peculiar y tan escurridizo.
Ahora que solo soy yo, tal cual, con todos mis defectos y mis dos o tres virtudes, con todo lo que siento y la manera en que lo siento, ahora que ya he dado la cara y conocéis quién se esconde bajo el gato, ahora que os hablo como Beatriz Sebastián, quería deciros:
GRACIAS A TODOS.
Gracias por estar y por ser; gracias por hacer posible este sueño, que supera con creces todas mis expectativas;  gracias por demostrar, así, a las bravas, lo que es EL PODER DE LA VOZ; y que, para que ya le quede claro a todo el mundo, es algo mágico, irrepetible, inconfundible, que te recorre el cuerpo y te hace sentir con mayor intensidad que una imagen, un olor, o una caricia, porque la voz es capaz de transmitirte todo eso y más.
Porque todos nos hemos sentido parte de las historias que los actores, “mis voces”, nos contaron el sábado como solo ellos saben hacerlo. Y porque hay gente que sabe ser magia y que, antes de que sea demasiado tarde, tenemos que decírselo, para que sepan porqué son tan especiales.
Los recuerdos sonoros son los mejores, porque perduran en el tiempo y en nuestra memoria. Yo nunca podré olvidar como retumbaba el Teatro Victoria de Talavera, con el calor de mis actores alrededor, y ese público, entregado, aplaudiendo puesto en pie.
¡GRACIAS A TOD@S!