jueves, 31 de marzo de 2016

En la cafetería de Julia

He encontrado el refugio perfecto en la cafetería de Julia. Está cerca de las oficinas del simulacro de periódico donde trabajo y es un local lo suficientemente oscuro para esconder mi decadente soledad.
Disfruto tanto viendo a Julia servir las mesas; contoneándose cadenciosa, sujetando la bandeja con sus manos de dedos largos y huesudos, cubiertos de anillos, regalados por amantes furtivos en los años de juventud.
Ella  no habla de su vida, con nadie. Pero, por alguna extraña razón, le gusta confesarse conmigo y desgranar sus rocambolescas aventuras, mientras damos buena cuenta de las botellas de whisky que haya en la sala.
Recuerdo la tarde que me contó la historia del tipo aquel que quiso  comprarle un piso, para conseguir la exclusividad. Julia  le puso las cosas claras y su ex mujer una demanda de divorcio con la que llegó a perder hasta la dignidad. O aquella vez en que la novia de un fulano que se había perdido varias noches bajo las sábanas de Julia, se presentó a dar el espectáculo en el bar y las dos acabaron saliendo esa noche de copas y ligando con dos estudiantes de periodismo, a los que dieron un par de buenos titulares.
Julia sabe muy bien cuando los hombres se están enamorando de ella. Una vez me dijo: «Cuando pierden el culo por ayudarme a recoger para acompañarme a casa, justo ahí es cuando debo hacer que salgan huyendo y buscarme refugio en otra cama».
«Hay hombres  que no soportan el rechazo. ¿Ves esto? », me confesó señalándose la garganta una de las tardes en que la cafetería se quedó sola para nosotros.  «Esta cicatriz es un recuerdo de uno de esos hombres que no entienden la palabra “no”. Por suerte tuve reflejos para escapar a tiempo. Nada mejor para bajarle los humos a estos especímenes que un buen rodillazo en la línea de flotación. Lástima que el cuchillo, que traía para cerrar el trato, consiguiera parte de su objetivo. La sangre es muy escandalosa, pero sus gritos lo fueron aún más y pronto tuvimos una patrulla de policías asqueados fingiendo que controlaban la situación.
Puedo pasarme la tarde acodado en la barra del bar, mareando la colección de periódicos del día, mientras la observo ir y venir por la cafetería. Esconde bien su edad. Aunque algunas de sus frases la delatan dando pistas de que hace tiempo ya que cumplió los cuarenta.
Me gustan las mujeres fuertes, con mucho carácter y ella lo tiene. Demasiado libre para acabar atada a un cualquiera pero con necesidad de cariño, por eso siempre anda buscando tipos a los que deslumbrar.
Nadie debería ser tan iluso como para enamorarse de ella. Es simple: Julia es incapaz de sentir más allá de los límites de una cama. Mientras aceptes su juego todo irá bien, pero en el momento que infrinjas las reglas estás perdido.
En el fondo, no somos tan distintos: los dos sabemos y queremos estar solos y el resto de la gente es mero entretenimiento para los tiempos muertos. Claro que, cuando llega la hora de confesarnos frente a una botella de whisky, ambos dejamos caer la coraza. Creo que es el único momento en que realmente somos nosotros mismos, sin miedo a posibles represalias por demostrar que también somos vulnerables.
He terminado pronto esta noche en el periódico y no me apetece volver a la soledad de mi apartamento, ahora que mi gato ha decidido buscar fortuna fuera de casa. Estoy frente a la cafetería, pero las luces están apagadas. Julia sale para cerrar y se sorprende al verme:
—¡Hola!
—Vaya… Yo que venía a tomarme el último whisky…
Julia me sonríe y, aparcando ese tono sarcástico que siempre la acompaña, dice:
—Tengo un bourbon de buen año en casa. ¿Te apetece?
Le guiño un ojo y, tras ayudarle a echar la verja, nos alejamos caminando del brazo por la calle mal iluminada.

Imagen:


martes, 29 de marzo de 2016

Noelia. ('Con nombre propio')



Te miro. Sigo tus gestos con escrupulosa atención; disfrutando de cómo apoyas en ellos la pasión de tus palabras. Me he convertido en una incondicional de tus canas, incluso de esa arruga que asoma cuando frunces el ceño en tus fingidos enfados. La seriedad del traje y la corbata, impecables, contrastan con la pulsera de cuero que surge indiscreta en tu muñeca cuando estiras el brazo para escribir en la pizarra.
Tu voz resuena enérgica, invadiendo cada rincón del aula. Y en tus ojos, vivos, verdes, se alcanza a ver al niño que fuiste y que aún se resiste a abandonarte.
Puedo imaginarte fuera de aquí, de esta disciplina encorsetada, que tan poco te gusta, por ser la culpable de poner freno a tu imaginación.  Yo me dejo llevar por la mía, pensando en el calor de tus caricias, el sabor de tus besos apasionados y la sonrisa sincera que fluye tras el beso.
Y me olvido de dónde estoy, nadando en conjeturas de tiempos posibles, futuros que quizá estuvieras dispuesto a vivir conmigo. Eso si caes en la cuenta de que estoy aquí, claro. Tan pequeña, irrelevante, con mi enfermizo afán por pasar inadvertida. Cosa fácil entre tantas minifaldas y escotes que buscan provocarte. Y estoy convencida de que, en algún momento, habrán conseguido su propósito. (…)

viernes, 25 de marzo de 2016

El hombre del traje gris



   Estoy cansado de mi vida, monótona, aburrida. De casa a la oficina y de la oficina a casa. Vestido de gris. Solo, siempre solo. Mi mujer se cansó de esperar a que volviera a quererla y un día, al regresar del trabajo, había recogido sus cosas, la mitad de mi vida, y se había marchado.
   Todas las mañanas, a las nueve, ficho en la oficina, un agujero donde quemo los días que me quedan, donde mis ideas caen a la moqueta sin que nadie las aproveche. Café de máquina a eso de las once y conversación absurda con dos tipos de administración de los que ni siquiera conozco sus nombres. Y, a las dos, bajo a comer a la misma cafetería donde lo único que cambia es la mesa en la que me acabo sentando: dentro en invierno y en la terraza cuando llega el buen tiempo.
   Cuando como fuera, observo la gente que viene y va: los que bajan del 43, los que entran en la boca del metro, los que cruzan despreocupados.
   Ella apareció de repente. Un día me fijé que una joven rubia, esbelta y pálida se sentaba unas mesas más allá a tomar un café, haciendo tiempo para que llegara el 43. Unas veces vestida de verde, otras de rosa, de rojo, azul…
   He coincidido con ella cada día, a la misma hora; apenas veinte minutos en esa terraza y en cuanto ve venir el 43, se levanta corriendo y sube apresurada al autobús, hasta el día siguiente en que vuelve a aparecer doblando la esquina, con sus vestidos de colores vivos: granate, celeste, lila…
   Sentado frente a ella, la miraba ensimismado, hasta que un día comenzó a saludarme, sin más, sólo por el simple hecho de vernos a diario en esa cafetería.
   Es increíble cómo se ilumina la calle cuando ella dobla la esquina, contagiando alegría. Y al pasar por mi lado, casi rozándome, con su saludo sonriente, consigue arrancarme una respuesta tímida. Y al ver a lo lejos el 43 enfilar la avenida, se levanta deprisa y me grita un “hasta mañana”. Y entonces veo un vestido de color intenso correr a la parada y perderse entre la gente.
    Todos los días espero con ganas que lleguen las dos para ver de qué color iluminará mi día ¿Naranja? ¿Morado? ¿Amarillo?
   He decidido dejar de vestir de gris. Me he comprado una camisa nueva, roja, por ver si hoy coincidíamos los dos en elegir el mismo color. Entonces, me acercaré a ella para invitarle a un café y hablaremos de las coincidencias, de los colores… Y, antes de que salga corriendo a coger el 43, la invitaré a cenar. Y quedaremos esa noche, vistiendo del mismo color. Cenaremos y, de la mano, la acompañaré a su casa, donde nos despediremos con un beso que invite a algo más...
   Por fin son las dos. He bajado a la cafetería con mi camisa nueva de color rojo, pero hoy se retrasa. Quizá se encontró con alguien, quizá ha ido a otra cafetería con ese alguien… Pasan los minutos pero ella no aparece. Veo enfilar el 43 por la avenida. Me impaciento y miro ansioso el reloj… Gris. Gris…
   Me doy cuenta de que todo aquello es absurdo. Nunca nadie como ella se va a fijar en alguien como yo, un hombre gris que por un momento intentó llenarse de color, pero en el fondo sigo siendo gris. Lo sé.
   Ella no va a venir. Ni si quiera imagina que la estoy esperando, que desde hace un tiempo es lo único que me levanta de la cama. Sólo soy alguien al que saluda, al que nunca ha prestado atención. Por eso hoy no ha aparecido, ni va a aparecer. Estoy convencido de que si se hubiera acercado a mí habría acabado siendo como yo, pesimista, aburrida, triste, amargada…
   Veo inquietarse a los camareros que suben nerviosos el volumen de la televisión. El telediario habla de una joven que se ha arrojado al paso del 43. Sobresaltado, corro al interior de la cafetería para ver lo que está pasando. Apenas unos segundos, no consigo distinguir las imágenes, sólo un vestido de un rojo intenso que contrasta con el gris del asfalto.

Imagen:
http://www.deviantart.com/art/The-City-1-141517143

martes, 22 de marzo de 2016

Jimena. ('Con nombre propio')



Había quedado con las chicas en la cafetería de la esquina y, como de costumbre, llegaba más que tarde. Jimena acababa de volver de Nueva York después de seis meses de trabajo bien pagado pero poco gratificante. Es lo que tiene ser abogada de políticos: suculento sueldo que nunca deja buen sabor de boca.
Jimena era una mujer fascinante. Sarcástica y con gracia para contarlo, nos deleitaba con anécdotas rocambolescas que sólo a ella podían sucederle. Pero estábamos tranquilas, nada parecía afectarle. Se había construido una firme coraza que le protegía de todo y de todos. Nadie podía acceder más allá de donde ella consintiera. Tan hermética, tan fría. No se permitía demostrar debilidad. Yo siempre le he tenido envidia por eso.
Las risas de las chicas podían oírse desde la calle. Jimena había desplegado su artillería pesada destilando ironía en cada palabra. Me senté rápidamente tras soltar un recurrente "hola, lo siento" y una de ellas me puso al día con un par de pinceladas.
-Jimena nos está contando que ha conocido a un chico por Internet. Inteligente, guapo, divertido, romántico… ¡Vamos, el hombre perfecto!
Imagino que se me notó demasiado el gesto de desaprobación después de lo que acababa de oír.
-No me mires así -espetó Jimena-. Me aburría, algo tenía que hacer, ¿no?
A esa provocación era mejor no contestar, así que decidí remover el café hirviendo que me acababan de traer y escuchar. Jimena se sabía el centro de atención y, coqueta, continuó con la historia. (...)


martes, 15 de marzo de 2016

Catalina. ('Con nombre propio')

 “El viento agita las ramas de los árboles moviéndolas de un lado a otro de la calle. Unas veces lentamente, otras de forma brusca, obligándolas a soltar las hojas que caen con un grito mudo hasta acabar arrastrándose por el suelo, moribundas, a merced del viento impertinente y de los pasos rápidos de la gente.
 Se va notando ya el frío. Algunos suben las solapas de sus chaquetas, intentando así zafarse de él. Pero el frío se cuela por cualquier resquicio mordiéndoles por dentro, obligándoles a encogerse dentro de sus chaquetas buscando refugio.
Diminutas gotas de lluvia lo salpican todo. Invisibles, van calando sin prisa lo que encuentran a su paso, cuajando los cristales de los coches de pequeñas motas transparentes que resbalan como lágrimas, dejando ondulados surcos brillantes.
Mis botas se sienten niñas mientras juegan en los charcos de hojas que se han ido formando a lo largo del camino. Paseo parapetada tras mi bufanda y con el pelo enredado en las manos del viento que me acompaña mientras saco al perro por el parque que hay frente a tu casa.
Sé que me estás mirando desde tu ventana, observando el juego que me traigo con las hojas, con el aire, con las pequeñas gotas de lluvia que se escapan cuando el viento cesa. Imagino lo que estás pensando, el odio que guardas. Ése que aún no ha desaparecido, el que te obliga a mantenerme lejos de ti (…)”.