martes, 6 de febrero de 2018

¡Ojo a los Goya!


 Martes. Frío. Muy frío. Es de noche. La ciudad se colapsa y se hiela, a partes iguales.
Ya sé que mi taxista de cabecera estará atrapado en el atasco, que este no es un buen día para sentarnos a charlar y que parezco un bulto sospechoso, en lugar de una persona: con mi bufanda de cuadros rojos y un abrigo que amortiguaría una caída desde el piso 42… Pero estoy calentita y tengo ganas de comentarte los últimos acontecimientos.
No me niegues que el sábado noche, con el frío que caía, te quedaste en casita, pegado a la televisión, para disfrutar de la Gala de los Goya.
Yo sí, lo confieso, con mis palomitas y mi móvil cerquita, que estas cosas no se ven con la misma intensidad si no sacas la cabeza al patio de twitter, para dejar constancia de lo que opinas, aunque no le interese a casi nadie.
La gala empezó con intención de divertir… Pero esa intención se desvaneció en el momento en que los presentadores abrieron la boca. No debe ser fácil llevar con buen ritmo una gala como esta, pero está claro que Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla han conseguido lo que nadie imaginábamos que se podía conseguir: que hubiera plegarias en las redes por la vuelta de Dani Rovira.
Los más jóvenes del lugar —y te incluyo a ti, joven padawan—, quizá no recordéis los tiempos en los que Rosa María Sardá hacía vibrar al personal con su particular forma de llevar la gala. Desde aquí —y esperando que secunde la moción mucha más gente—, ruego a quién corresponda que vuelva la Sardá para ediciones futuras.
Dicho esto, fue una gala reivindicativa, donde se habló mucho de la mujer y por la mujer, aportando una colección de datos que pondrían rojo al más pintado. Pero, en mi opinión, con exceso de zascas al sector masculino que aguantó con una sonrisa casi todos los comentarios, y que en algunos momentos eclipsó la razón de ser de la propia gala.
Muy bonito y llamativo el detalle de los abanicos rojos… Aunque, para la próxima, pónganle la tilde. LAS MAYÚSCULAS TAMBIÉN SE ACENTÚAN.
Geniales, a mi parecer, las mujeres que salieron a presentar y que tuvieron tiempo de hacer su discurso. Personalmente, me quedo con Paquita Salas. «¡Ole tú!».
Detalle feo, como siempre, el momento del recuerdo a los que ya no están. Cierto es que lo de los aplausos es un agravio comparativo que no se puede controlar. El público aplaude, porque lo siente así, y no se puede coartar su libertad a la hora de emocionarse. Pero yo me centro en una petición más sencilla de subsanar y que llevamos años demandando: una voz en off que vaya leyendo cada uno de los nombres. Es algo que agradecerá mucho la gente de mi club (ciegos, invidentes, discapacitados visuales… como nos quieras llamar) y todos aquellos que, por uno u otro motivo, tampoco acierten a leer la pantalla. Y no me vengas con la excusa de la lentitud, que en tres horas debería dar tiempo a todo.
Pero vamos a lo importante: ¿quién se llevó el gato al agua? Pues tres películas que son para chuparse los dedos: ‘La librería’, ‘Handía’ y ‘Estiu 1993’. En inglés, euskera y catalán… ¡Y qué viva la diversidad y la madre que los parió!
Que todo el mundo debería hablar inglés, está claro, pero no es así. Que el catalán se puede entender si nos fijamos en el contexto, puede ser. Pero, dime una cosa: ¿cuántos conoces que hablen euskera? Esto nos demuestra que el cine español no es solo en castellano y, por tanto, todas estas películas se han tenido que doblar para  su consumo generalizado.
Entonces, señoras y señores Académicos: si las películas han sido dobladas para su distribución en la mayoría de los cines… ¿me pueden decir el nombre del gremio artístico que se dedica a la traducción sonora de una película? ¡EXACTO, EL ACTOR DE DOBLAJE! Ese que no tiene  un premio asignado en su gala, ese que nunca es tenido en cuenta cuando se ondea la bandera del “cine español” y ese que, si ha fallecido, quizá aparezca fugazmente en el momento “in memorian”.
Señoras y señores del cine, a ver si se van dando cuenta de estos detallitos. Claro que yo sólo soy una chica ciega, en un banco, soltando una perorata a quién la quiera escuchar. A nosotros nunca se nos tiene en cuenta, aunque nuestras opiniones sean verdades como puños… Puños como ese que acabó por aplastar a los presentadores y que puso fin a una gala para recordar por lo reivindicativa y no por divertida.
En fin, que hace demasiado frío para que sigamos aquí charlando y mi taxista ha conseguido venir al rescate.
No dejemos pasar tanto tiempo sin coincidir en este banco.
Nos vemos.
Lucía.

viernes, 2 de febrero de 2018

Artículo de Lucía: Porque un libro no es sólo de papel

Sentada en mi banco, a la espera de mi taxista de cabecera, disfruto leyendo el último libro de Millás.
¿Que cómo leo si no puedo ver? ¡De muchas maneras! Nunca te lo he contado porque no quería darte envidia de todas las posibilidades que tengo a mi alcance. Y es que, por suerte, un libro no es solo de papel.
Está la opción clásica: en braille. Es lo más parecido a leer “en tinta”, solo que usas los dedos en vez de los ojos. Pero no es práctico, no es funcional. Un libro en braille ocupa mucho. Por ejemplo: “El Principito” que en papel apenas ocupa las 70 páginas en un formato de bolsillo, en braille se convierte en un armatoste de 35 cm de alto, por 27 de ancho y con un grosor de unos 3 cm.
Yo leo en braille de vez en cuando, por ejercitar el tacto. Pruébalo un día, busca una caja de medicamentos, por ejemplo, y desliza el dedo índice por esos puntitos incongruentes… Las yemas de los dedos son capaces de aprender a decodificarlos. Aunque pienses que es difícil, no lo es. Cuando quieras te doy un curso intensivo y verás el partido que se le puede sacar.
Otra opción que cada vez está más extendida, seas ciego o no, es el audiolibro. Una “biblioteca sonora” que te acompaña allá donde vayas. Voces de calidad leyendo solo para ti, envolviéndote con sus palabras y contándote una historia que el autor ha inventado a base de mucho esfuerzo y creatividad.
El problema es que, para ambas opciones, toca esperar un tiempo prudencial a que el libro esté “traducido” a estos formatos. Desde el momento que encargas la adaptación hasta que llega, pueden haber pasado meses… Con el consiguiente riesgo de que, algún spoiler de los que viven agazapados por la ciudad, ya te haya venido a destrozar la historia.
Por suerte, hay una tercera opción que elimina esta tediosa espera: el libro digital. Y aquí quiero que escuchen bien atentos aquellos detractores de este formato, para que entiendan  por qué no deben librar una batalla contra esta opción, ya que, para muchos, es la única manera de poder tener “a mano” todo lo que se publica, al mismo ritmo que los demás.
El libro digital te permite llevar toda una biblioteca en tu dispositivo. Solo se necesita una sencilla aplicación que lee en voz alta, con voces cada vez mejores, fluidas y agradables, dándonos la opción de poder escoger entre masculina o femenina, la velocidad, el tono, el idioma… Y así, disfrutar de un ejemplar recién horneado y leerlo cuando aún es noticia.
Las nuevas tecnologías, señores, es el futuro y la inclusión absoluta, si ustedes quieren.
No todo el mundo es partidario, por la piratería, por la idea romántica del libro como objeto y por eso de que “hay que leer en papel”. Y tienen razón, a mí me encantaría, de verdad, pero puesto que no puedo, que no me entornen las puertas de un mundo que está ahí esperando a que lo viva con la misma intensidad que ellos.
Sin duda, leer en “tinta” es maravilloso. Sentado en un parque, en el autobús o en la cama antes de dormir, asimilas las palabras dándolas la entonación que quieres, hueles el libro, lo tocas, suena al pasar las páginas, te llena las manos y tus ojos corren ligeros por los renglones, devorando una historia que te ha atrapado y que no tiene pensado soltarte hasta que tú no acabes con ella.
Es fantástico, algo mágico, de las mejores cosas que podemos hacer en esta vida… Pero, cuando se te gastan las pilas y vives en un perpetuo fundido a negro, hay que buscarse otras maneras de disfrutar de esas historias. No es ni mejor ni peor, es distinto. Diferente. Y en esto, como en casi todo, hay que respetar y entender que “cada uno sube las escaleras como quiere” (o como puede).
Viene mi taxi. No dejes de leer, es bueno en y para todos los sentidos.
Nos vemos.
Lucía.

Imagen:

https://minimoon.deviantart.com/art/Wall-to-Wall-books-60550365

jueves, 25 de enero de 2018

Viejas películas


Llevo años viviendo con un hombre que ya no me quiere. Apenas me habla, si acaso para preguntarme qué hay para cenar o si ya está planchada su camisa azul.
Al principio me dolía. No entendía cómo había cambiado tanto, él que siempre fue tan atento conmigo. Supongo que había perdido mi atractivo. Los años no pasan en balde y, sin darme cuenta, los míos me habían atropellado al doblar la esquina. Las hechuras de mi cuerpo habían perdido su forma original. Ni las dietas ni el pilates habían sido suficientes puesto que ya no conseguía alimentar su deseo. La monotonía se había apoderado de mis conversaciones. Los problemas de mi trabajo o los quehaceres domésticos vivían apostados en mi boca y, lógicamente, eso acaba agotando a cualquiera.
Él también había caído preso de la rutina. Nunca se cuidó demasiado pero, al menos antes, me hacía reír. Ahora, me conformaba con que no me hiciera llorar.
Para él todos los problemas de la casa tenían comienzo y final en mí. Yo los había creado y yo debía resolverlos, por la cuenta que me traía. No es que viviera bajo amenaza, ni mucho menos, era sólo que prefería acabar con ellos antes de que ellos acabaran conmigo.
Esa situación se hacía inaguantable por momentos. Siempre discutiendo. Siempre enfadado. Me pasaba más tiempo en la cama compadeciéndome, que en pie disfrutando de mis treinta y tantos, mal llevados según él.
Para colmo, la maldita crisis económica se estaba llevando todo por delante y mi marido acabó en un trabajo que le gustaba aún menos que yo.
En mi caso fue diferente, me surgió la oportunidad de dar conferencias sobre el positivismo y la mejor manera de afrontar los problemas. Tenía gracia, yo dando consejos de cómo superar los malos momentos. Pero es lo que tiene cuando de tu pared cuelga un título de licenciada en psicología. De las primeras de mi promoción. Aquella Clara sí que aspiraba alto, muy alto. Suerte que apareció mi marido para recordarme que mi sitio estaba en la cocina.
Ahora viajo mucho. Y casi mejor, el ambiente en casa es irrespirable. Nunca quiere salir, ni tampoco hablar. Si le ignoro se enfada y si le hago caso también. Con lo que la mejor manera de estar es no estando.
He llegado a la conclusión de que ya no puedo aspirar a más. Tengo casa, un buen trabajo, un compañero de piso al que cuidar -y no hablo del perro-, poco tiempo para echar en falta el amor, vamos, que lo tengo todo. Ya no necesito sentir deseo ni sentirme deseada. Cuando quiero recordar lo que es amor, me pongo una de esas viejas películas donde las chicas guapas conquistan a hombres interesantes y se dicen frases como "no quiero perder la oportunidad de conocerte".
Y así mi vida va bien, tranquila, centrada. No pierdo tiempo ni esfuerzo en cosas inútiles como despertar interés en otros o estar enamorada. Eso son cosas que no pasa.
Me encanta mi trabajo. Además, las conferencias me obligan a dormir en Barcelona al menos un par de veces al mes. Es una suerte poder trabajar allí. La ciudad es acogedora y mi empresa me ha buscado un buen hotel. Ya soy casi como de la plantilla y hasta el director me trata de tú. Es un hombre serio, de pelo canoso. No tendrá más de cuarenta y cinco, piel morena y cuerpo cuidado. No me extrañaría que matara parte de su tiempo en ir al gimnasio del hotel. Huele siempre a after shave y tiene una sonrisa blanca y perfecta. Un tipo interesante, sin duda.
Tiene gracia cómo, en apenas cinco minutos, alguien consigue llamar tu atención de una manera tan intensa. Al principio, no quise darme cuenta, pero reconozco que acabé buscando la manera de coincidir con él, a mi llegada o antes de marcharme, todo con tal de cruzar un par de frases cordiales y sin fondo.
Ahora vuelvo de allí, de Barcelona. Voy leyendo una de esas novelas pastelosas de Corin Tellado. Mi gesto es de fastidio, y no porque en la novela la chica llore desconsolada porque el guapo de turno la haya abandonado, sino porque hoy no pude despedirme como de costumbre de él. Cuando bajé, no estaba en recepción y el taxi ya me esperaba en la puerta con el taxímetro en marcha. Le dije a la recepcionista que se despidiera por mí y salí volando para no perder el AVE.
Tampoco es tan grave, en un par de semanas volveré y coincidiremos. Le preguntaré si le gustó la película que le recomendé y le daré las gracias por el soplo sobre la exposición de Tàpies, aunque no me hubiera venido mal haber ido con alguien más ducho en el tema, como él...
No. Esas cosas no pasan.
Mis pensamientos vuelan tan rápido como los postes que acompañan a la vía del tren, cuando el teléfono móvil despierta escandaloso dentro de mi bolso.
—¿Sí?
—Hola, Clara. Soy Moisés...
—¿Quién?
—Moisés Arias, el director del Hotel…
—¡Ah, sí! Dime. ¿Me he dejado algo?
—No, no. Perdona que haya buscado tu teléfono en la base de datos, pero como no nos vimos esta tarde…
—Ya. Cuando salí no estabas y el taxi me estaba esperando en la puerta. ¿Qué querías?
Ha sonado demasiado cortante. El silencio al otro lado del teléfono le da tintes de suspense a la conversación.
—Bueno, yo…  —titubea—. Vaya, en mi cabeza parecía más sencillo…
No puedo evitar soltar una risilla inocente pero, en el fondo, nerviosa. ¿Acaso es uno de esos personajes locos que se ha escapado de las páginas de mi libro pasteloso? Carraspeo:
—Perdona. Continúa, por favor.
—Bueno, es sólo que voy a Madrid la semana que viene y me preguntaba si te apetecería tomar un café conmigo. Si puedes. Si quieres…
No sé qué contestar. Nunca he vivido un momento como este, parece sacado de una de esas viejas películas a las que me he enganchado para olvidar lo asquerosa que es mi vida. Un hombre guapo e interesante me está llamando a mí. ¡A mí! Estoy convencida de que tiene gente más que de sobra para tomar un café. Pero me llama a mí, una treintañera pasada de kilos a la que hace siglos que nadie saca a tomar ni el aire. Al otro lado, Moisés espera inquieto mi respuesta. Quizá sí tengo algo que ofrecer. Quizá todavía estoy a tiempo. Pero mi lógica aplastante toma las riendas de la conversación:
—Estoy casada.
—Lo sé.
—Hace mucho que nadie me lleva a tomar nada a ningún sitio.
—Algo intuía.
—Sé sincero. ¿Por qué me llamas? Pero nada de contestar eso de que sólo es un simple café. A esta edad todos sabemos que es un mero trámite previo a quitarme la falda. ¿Por qué yo? ¿Por qué conmigo?
Mi pregunta le pone aún más nervioso o quizá es sólo que se calla para que no surja desbocada una posible carcajada. Le oigo tomar aire:
—Bien. Quizá tengas razón o quizá te equivoques… Yo sólo sé que, desde que te vi, me pareciste una mujer increíble. Despiertas en mí un cosquilleo que hace años que no sentía. Supongo que no debí llamarte y que, seguramente, estoy haciendo el ridículo por decirte esto… Pero tenía que intentarlo. Tienes algo… No sé… No quería perder la oportunidad de descubrir qué era.
Y por fin, después de meses, años sin hacerlo, me sonrío. Noto cómo me voy sonrojando, despertando la curiosidad del resto de pasajeros del vagón. Y no puedo por menos que aceptar ese café.
 
Cuento extraído del libro “Con nombre propio”, Premio Tiflos 2013.çhttps://www.bubok.es/libros/241822/Con-nombre-propio

jueves, 18 de enero de 2018

No hay dos sin tres... EL PODER DE LA VOZ

Volvamos la vista atrás para recordar la 3ª edición de EL PODER DE LA VOZ y todo lo que supuso.
Ciertamente, la saga continúa y, jugando con esta idea, quisimos constatarlo a la hora de elegir los actores y actrices que formaron parte de la tercera edición. Los Jara, los Jenner, los Cantolla y los Mediavilla son una muy buena muestra de la calidad transmitida de padres a hijos.
Si te perdiste la oportunidad de verlo (y sentirlo) en vivo y en directo, aquí te dejo el evento al completo, para tu disfrute.



O si lo prefieres, aquí van “en pildoritas” cada uno de los textos que preparé para la ocasión.
Empezamos fuerte, recordando a Constantino Romero. Sus trabajos como actor de doblaje y como presentador, su carisma y su carácter, sus frases y lo que nos han despertado a lo largo de una vida que se truncó demasiado pronto. De la voz de Jesús Olmedo hacemos un merecidísimo homenaje al Maestro porque se lo merece, porque estamos en su tierra y porque, a pesar de los años transcurridos, le echamos de menos como el primer día.



Los Jara, Sandra e Iván, nos llevaron a una estación de tren, de cualquier ciudad, donde una joven espera o desespera, mientras es observada por uno de los vigilantes de seguridad que patrullan por el recinto. Ironía, cinismo y presuposición mezclado con unos timbres de voz que nos arrancan una sonrisa amarga y nos despiertan emociones empáticas al vestirse de unos personajes que, cualquiera de nosotros, podemos encontrar mañana en nuestra estación de cabecera.



Los Jenner, David y Miguel ángel, nos llevan de paseo en un taxi en el que, como si de una película se tratase, vemos la transformación mágica y sentimental de los personajes. Ternura y franqueza sobre ruedas de la mano de padre e hijo. Una historia de final suave, lento, pero  plausible, donde se nos muestra una realidad al desnudo.


Los Cantolla, Héctor y Gustavo, nos introducen en la agobiante atmósfera de una casa en la que un escritor intenta terminar la novela de su vida. Tensión, terror, humor negro y surrealismo encerrado entre cuatro paredes donde LA VOZ, nunca mejor dicho, se hace imprescindible para seguir y comprender la historia. Un cuento que, por primera vez en EL PODER DE LA VOZ, es interrumpido por el aplauso espontáneo del público que se dejó llevar por la historia y por los actores que la dieron vida.


Los Mediavilla, Nuria y Jose Luis, con la colaboración “en diferida” de su padre Pepe Mediavilla. Un cuento a tres bandas donde el sarcasmo y la mordacidad luchan por el control de una empresa de publicidad. Lucha de sexos, lucha de carácter, lucha cotidiana que no es más que el reflejo de la realidad que se esconde tras los cristales de cualquier rascacielos de cualquier ciudad.


Os aseguro que fue una edición única, cargada de sensaciones, de momentos para recordar, de anécdotas, con alguna que otra ausencia y con un público entregado que no quería abandonar las butacas. Por ese motivo, el presentador de la gala, Jesús Olmedo, acabó por invitar a las parejas de actores a que tomaran la palabra, para deleite de los allí presentes.
Espero que la magia que vivimos en Talavera aquella noche traspase la pantalla y os haga vibrar y emocionaros con las voces que llenaron el Teatro Victoria.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Brindis

Parece increíble, pero ya han pasado 365 días desde nuestro último brindis… Y, aunque la copa nos pese, no debemos dejar de brindar, por nada ni por nadie.
Todos los recuerdos se precipitan, como las últimas horas de este año completo y complejo, que se nos escapa entre los dedos con la sensación de haber dejado temas pendientes, llamadas pendientes, palabras pendientes, besos en espera y algún que otro tren perdido por no saber llegar a la hora.
Nos vienen sabores a la boca: de palabras que dijimos y sentenciaron; de palabras que no dijimos y se mueren por ver la luz; de besos que dimos y se perdieron, y de besos que esperan el momento de ser dados.
Pero nos prometemos que este 2018 será diferente, que haremos esto o aquello. Que empezaremos ese libro. Que abriremos esa puerta. Que  volveremos a ese lugar. Que llamaremos a ese amigo que lleva todo el año esperando nuestra llamada, porque la necesita, porque nos necesita, porque estamos tan ocupados con nuestra vida que se nos olvida que los  demás también tienen la suya…
¡Y, realmente, estamos a tiempo de cambiarlo!
Por eso toca brindar, señores, sin duda. Por un año nuevo repleto de promesas que, esta vez sí, cumpliremos liberando nuestra famosa lista de temas pendientes.
Brindemos por un perdón a tiempo y un tiempo de perdón.
Brindemos por los nuevos proyectos que llenarán las páginas de nuestra agenda.
Brindemos por los besos con luz y taquígrafos, por los abrazos que cuidan y curan,  por los viajes que nos llevan lejos, muy lejos, donde los problemas no consiguen encontrarnos.
Brindemos por las nuevas historias, que nos harán vibrar, y por las viejas, que nos hacen vivir.
Brindemos por los que están lejos, para sentirlos cerca.
Brindemos para que en este 2018 también tengamos tiempo de cometer errores y aprender de ellos.
Mis criaturas y yo os agradecemos el tiempo dedicado, el odio destilado y el cariño que os hayamos podido despertar. Os deseamos un año lleno de cosas buenas, de días importantes y de sensaciones que os despierten todos los sentidos.
Y os pedimos que no dejemos nunca de brindar: con una copa, con una jarra, con un chupito… porque, a veces, un simple brindis nos puede cambiar la vida.

¡Feliz 2018!

Cat.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Un, dos, tres...



Que “no hay dos sin tres” es un dicho popular que nos viene al pelo…
Esta semana ha visto la luz el cartel de la 3ª edición de “EL PODER DE LA VOZ” (la saga continúa).
Y nunca mejor dicho esto de “saga”, puesto que este año subirán al atril sagas familiares del doblaje español.
Los Cantolla, los Jara, los Jenner y los Mediavilla son un claro ejemplo de que la pasión por este trabajo también va en los genes.
Como ya es tradición, el evento tendrá lugar en Talavera (en el Teatro Victoria), el 28 de octubre. Habrá música, habrá voces y habrá cuentos que cuentan.
Mis criaturas están emocionadísimas, (como locas, os lo aseguro), por tener nuevos actores y actrices que les den voz y vida.
Os dejo el cartel para vuestro deleite y os aviso de que las entradas ya se han puesto a la venta. Yo que vosotros iba reservando butaca para no perderme nada de lo que suceda esa tarde.
Nos vemos allí.

lunes, 7 de agosto de 2017

Un cuento que va cambiando con los años



Hoy, abrumados todos por los calores del previsible mes de agosto, quiero recuperar un cuento que, en estos seis años que llevo escribiendo, ha evolucionado casi tanto como yo.
En su día, solo eran unos cuantos párrafos, un diálogo lanzado al aire, sin principio ni final, aparcado en un rincón de mi portátil. Después, se convirtió en uno de los cuentos del blog, bajo el título “La luz del callejón”, para más tarde sufrir una mutilación por exigencias del tiempo y el espacio y, así, convertirse en uno de los relatos de la 2ª edición de EL PODER DE LA VOZ.
Teníamos una pareja de voces muy interesante: Alfonso Vallés, con su tono fuerte y rotundo, con sus matices y sutilezas, con sus años de experiencia. Y, frente a él, la dulzura de Ana Valéiras, su sencillez, su suavidad, sus titubeos y verdades como puños envueltas en una elegancia que consigue meterte en la piel del personaje.
Una pareja que, en las tablas del teatro, se permitió más de una licencia a la hora de interpretar este cuento que, como veis, ha cambiado y ha mejorado hasta llegar a ser lo que es.
Disfrutad de una historia en la que, salvando las posibles distancias, estoy segura de que os veréis identificados.
Porque todos, alguna vez, hemos necesitado la mano de alguien para empezar a caminar.


miércoles, 5 de julio de 2017

Son las doce...



Son las doce horas, un minuto y quince segundos, y aún no has añadido ningún mensaje nuevo.
Sí que te lo estás pensando. Mucho. Sabes bien que voy en serio. No voy a tener piedad. No. Te tengo contra las cuerdas, al fin, y no vas a poder evitar lo inevitable.
Sonrío satisfecha, imaginándote perdido, desesperado, sin saber cómo salir vivo de esta encerrona.
Me recuesto en la silla, satisfecha, entrelazando mis manos por detrás de la cabeza. Me ha costado mucho, pero ha merecido la pena.
Ríndete. No tienes escapatoria.
Puedo saborear mi victoria y me siento poderosa. Por fin, después de tanto tiempo, te tengo dónde quería.
Me dejo llevar por la impaciencia. Actualizo y, ahí está, un nuevo mensaje, tu mensaje, burlándose de mí: “Torre a H6, jaque mate”
De un manotazo, ruedan por el suelo las pocas piezas que quedaban vivas en mi tablero. Mientras, tus carcajadas retumban en el eco del patio de luces.

IMAGEN:
http://www.deviantart.com/art/Ajedrez-376447691