miércoles, 17 de mayo de 2017

"Rojo y gris". Voz: Claudio Serrano



Llegados a este día, ya va siendo hora de que vea la luz este audio, que lleva conmigo desde febrero de 2016…
Es un cuento, “Rojo y gris”, con la voz de Claudio Serrano, uno de mis actores de doblaje favoritos —y que me perdonen los demás, pero…— ya sabéis que, dentro de la profesión, tengo debilidad por tres voces masculinas y eso no cambia con los años.
Decir que Claudio Serrano es ACTOR—aunque esté escrito en mayúsculas —, se nos queda corto. Decir que lleva  más de 30 años en la profesión, es intentar reducir a una cifra toda una vida regalándonos emoción a través de los personajes que ha interpretado.
De voz característica y carismática, es inconfundible en cientos de películas, series, videojuegos, publicidad… Mejor os dejo su página web y os dais un paseíto por su vida, así entenderéis lo complejo que es resumirla en un puñado de pinceladas.
Aunque sé que le tiene especial cariño a sus papeles como Batman, para mí siempre será Otto en “Los Simpson” pero, sobre todo, Tony en “Blossom”… Quizá porque me llevan a recordar mi adolescencia, quizá porque fueron —en parte— culpables de que me picara el gusanillo de las voces, quizá porque son personajes carismáticos, quizá por ese regusto macarra a la par que tierno, quizá porque sí y punto.
Contemos intimidades… que eso siempre gusta. Este cuento lleva grabado más de un año. El mismo día que Claudio me lo envió, se supo que teníamos vía libre para poner en marcha la 2ª edición de EL PODER DE LA VOZ. ¿Y quién mejor que Claudio para cerrar el evento?
Entonces, pensamos que era conveniente mantener la sorpresa y no lanzar al aire este relato. Para que no perdiera efectividad y, sobre todo, para preservar al protagonista a la hora de ponerle voz y pasión a esta historia que, aunque no queramos, acaba por encender nuestra imaginación y nos hace sentir envidia de un simple trayecto en metro.
Disfrutad, sentaros en este vagón y cerrad los ojos mientras dejáis que la voz de Claudio Serrano os dibuje la escena, os haga sentir, os convierta en los protagonistas de la historia.



Gracias, Claudio, por elegir este relato entre la triada que puse a tu alcance. Gracias por meterte en la piel de este tipo que, vive en blanco y negro, pero imagina en rojo y gris. Y gracias porque, para mí, es un lujo que seas una de “MIS VOCES”.
Cat.

viernes, 12 de mayo de 2017

Ahora que hemos recuperado sus voces...



Ahora que hemos recuperado sus voces…

Ahora que la huelga de doblaje ha terminado, ahora que las peticiones —más que razonables— han sido aceptadas, ahora que los actores y actrices de doblaje en Madrid han recuperado su voz… Ahora es un buen momento para recordar dos de mis textos dedicados a esta profesión, a la que debo y con la que disfruto tanto.  
Unas líneas en las que intento explicar, poniéndome en su piel, lo que ellos sienten frente al micrófono y lo que nos hacen sentir a los demás a través de sus voces. Su relación con el atril, la pasión y las emociones, la piel, el cariño, el carisma. El todo encerrado en la intensidad que se esconde en una escena, en un diálogo, en una palabra, incluso, en un silencio.
Son dos cuentos, reflexiones al aire, ajustados cual traje a medida para cada uno de los actores que los dieron voz y vida, en las dos ediciones del evento EL PODER DE LA VOZ.
Uno de ellos es Pepe Mediavilla, con cincuenta años de carrera, uno de los Maestros, el Decano en aquella primera edición. El otro es Carlos Moreno Palomeque, de la nueva hornada, que se va abriendo paso en el mundo del atril. Dos extremos de una misma cadena que se unen, fluyen y confluyen en favor de una misma dirección, de dignificar una profesión que, aunque deba pasar desapercibida, no debe vivir en la sombra ni en la abstracción. Una profesión que merece el aplauso y el reconocimiento de todos, por todo lo que nos han dado y nos dan, a diario, formando parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra vida, de nosotros.
Ahora que los actores de doblaje —tras 45 días de huelga, de lucha y de unión— han conseguido lo que era justo, lo que era necesario, lo que cualquiera en su sano juicio entiende que debe ser lógico y normal; ahora que muchos se han dado cuenta de la trascendencia que tiene un buen doblaje, de lo importantes que son los actores y actrices que se esconden tras una voz; ahora que han visto que no vale cualquiera, que no se puede cambiar una voz por otra sin que eso le pase factura al resultado final, que son esencia e interpretación, que no son fichas intercambiables ni números en un listado de nombres. Ahora, después de estos días difíciles, se merecen que alguien les diga…

Gracias ACTORES, ACTRICES, VOCES, “MIS VOCES”, GRACIAS por regalarnos vuestro trabajo, por dejaros la piel y la voz para que nos sintamos protagonistas de una historia. Nunca podremos agradeceros y devolveros tanto como nos dais, día a día, uno a uno, con algo tan simple y tan complejo como la voz, la interpretación y la pasión de un trabajo bien hecho, de los mejores en su gremio —por no decir «el mejor»—, que perdura en el tiempo, que traspasa la pantalla, que nos pellizca por dentro, despertándonos todas las sensaciones, posibles  e imposibles, reales y ficticias, universales o genuinamente nuestras. ¡GRACIAS!

Cat.



jueves, 4 de mayo de 2017

Slogan

Trabajar en publicidad te enseña a crear en la gente necesidades que antes no tenían. Y eso es algo a lo que he sabido sacarle partido.
En su caso, me ha sido fácil. No tenía escapatoria. Sé bien que las ganas la atraparon desde el día que coincidimos en aquella presentación. Desde el momento en que, al estrecharnos la mano, pareció sorprenderse, inquietarse, excitarse.
Viendo ventaja, ataqué.
Solo era cuestión de alimentar su curiosidad; escandalizarla con calma, dejándola sin argumentos con los que poder contraatacar; haciéndole creer que soy ese “algo” que siempre ha estado buscando, pero que no está dentro de  su alcance.
Y esa electricidad que recorrió su cuerpo, ese escalofrío que eriza su piel al recordarlo, acompañado de un buen puñado de palabras ingeniosamente escogidas, ha acabado por traerla a mi casa, superada por el deseo y perdiendo las dudas por el camino.
Ha sido un triunfo descubrirla en mi puerta, expectante, con las pupilas dilatadas por la oscuridad y la excitación. Debía llevar mucho tiempo ahí fuera, Ensayando su entrada en escena, para lograr darle ese punto de indiferencia que cree haber conseguido.
Se ha sentado en mi sofá, sintiéndose seductora, cargada de suficiencia, cruzando las piernas con aire distraído. Se pensará que así me sorprende. A estas alturas, nada de lo que me pueda ofrecer me va a parecer novedad. No deja de ser  una de esas novelas de las que ya conozco bien el final. Otra cosa es que no me importe releerlas, de vez en cuando.
Apurando la tercera copa, me confesó, con forzada sinceridad, que desde que nos conocimos, solo piensa en abrazarse a mi camisa.
Curiosa excusa... Qué manera de retorcer los argumentos cuando, lo que realmente le pasa, es que tiene ganas de sexo, como todos. Que lo pinte del color que quiera, me da igual, ambos sabemos lo que venía buscando.
No sé qué he disfrutado más: si el juego de estas últimas semanas, haciéndole creer que es ella la que me ha convencido, o quitarle la ropa despacio, viendo como era devorada por la impaciencia y la necesidad.
El agua caliente resbala por mi cuerpo. Llevaré unos diez minutos bajo la ducha y todavía creo tener su olor pegado a mí. Por qué todas intentan disimular el vicio que las envuelve con perfumes melosos, que acaban impregnando mi almohada de aromas cargantes, pero, por suerte, efímeros, Como mi paso por sus vidas.
Y me viene a la cabeza su simulacro de slogan… «Eres la camisa que estaba buscando»...
¡Menuda gilipollez!
Prefiero quedarme con sus gemidos escandalosos y el placer descontrolado que nos arrasó al perderme entre sus piernas. Lo ha disfrutado y me lo ha hecho disfrutar, mucho. Sensual y lasciva. De las que me gustan.
Lástima que haya roto el encanto pidiéndome que me quedara con ella, solo un momento, solo un abrazo.
Todas piden lo mismo. ¡Joder! Después de una buena sesión de cama, lo único que me apetece es una ducha y dormir, pero solo.
Además, todos los besos que se tenían que dar, ya se han dado, y todas las caricias que se tenían que sentir, ya se han sentido.
Con mano izquierda me he librado de su abrazo, para refugiarme bajo el agua de la ducha. Me quedaría aquí otros diez minutos más. Pero, en algún momento, tengo que volver y recordarle que no soy de dormir acompañado y pedirle, con toda la amabilidad de la que soy capaz a estas horas de la madrugada, que se vista (si no lo ha hecho ya) y llame a un taxi.

*****

Entro en la habitación, vacía y en silencio. La lámpara de la mesilla arroja, con desgana, un poco de luz en el orden caótico que me rodea.
Sobre la cama revuelta, una de las perchas de mi armario y un billete de cincuenta garabateado.
Chasqueo la lengua y me acerco a leer su “adiós de papel”, encerrado en una letra puntiaguda y retorcida:

 “Me llevo tu camisa. Abraza mejor que tú. Con esto, cómprate otra”.

Imagen:
http://buhoazul.deviantart.com/art/rosa-de-nuestros-vientos-62311059

sábado, 22 de abril de 2017

Una historia increiblemente cierta



Carlos jadea al llegar a la puerta del aula de literatura. Sólo quedan dos minutos para acabar las clases, pero aún está a tiempo de presentarle su relato al profesor.
El concurso de cuentos es un reto al que siempre se ha querido enfrentar y, por fin, el claustro de literatura ha decidido que su historia represente al colegio en el certamen de este año.
Sabe bien que se juega todo a una sola carta, pero está convencido de que tiene algo realmente bueno. Algo de lo que sentirse orgulloso, después de una semana desechando ideas manidas y más que explotadas por las series juveniles, que le bombardean desde el tele
visor.
Su profesor le ha visto. Asiente con la cabeza, satisfecho de que al fin se haya dignado en presentarse y comienza a guardar sus papeles en el maletín.
La campana rompe la calma de los pasillos. Las voces comienzan a elevarse y se abre la puerta de la clase, de la que van surgiendo figuras desgarbadas, que huyen despavoridas de los pupitres que acaban de ocupar.
Carlos siente como se le acelera el pulso y, al volver los ojos hacia su profesor, le descubre mirándolo fijamente. Éste se coloca las gafas, coge su maletín y deja el trozo de tiza en la repisa metálica del centro de la pizarra.
Apenas queda gente ya por los pasillos. Carlos puede oír su corazón retumbando, sin control, en los oídos. Las dudas lo asaltan.
Quizá lo que trae no es tan bueno como creía. Quizá la historia del pirata que decide gastar el tesoro antes que enterrarlo era mucho mejor.
Y su profesor se va acercando con paso decidido a él.
Está claro que podría haber escrito algo mejor. Con esto que trae ni siquiera pasará de la primera criba. No va a permitirse hacer el ridículo de esta manera. Su profesor confía en él. Le ha pedido algo bueno y lo que ha escrito no llega ni a la categoría de “medianamente decente”.
Carlos mira los folios. Deja correr sus ojos por los primeros párrafos y la historia que parecía increíblemente sólida comienza a desmoronarse sin remisión.
Su profesor ya ha cruzado el umbral de la puerta y se gira para cerrarla con llave. Carlos, arrasado por las dudas, aprieta con decisión los papeles entre sus manos y los arruga para reducirlos a una mísera pelotita, que esconde dentro de su puño.
—¿Qué hace?
—Nada. He decidido no presentarme.
—¿Por qué?
—No tenía nada bueno que presentar.
—¿Está seguro?
—Sí —contesta Carlos con total decisión.
El profesor carraspea y recoloca la montura de sus gafas sobre su amplia nariz.
Carlos baja la cabeza, convencido de que aquello tendrá consecuencias. Siente que le ha fallado, pero mantiene la voz firme y la mirada en el suelo.
-estoy seguro de que no hubiera pasado la primera criba —intenta justificarse—. No era bueno, no era lo suficientemente bueno...
El profesor chasquea la lengua y avanza un par de pasos hasta ponerse junto a Carlos. Apoya su pesada mano sobre el hombro del chaval y le dice  bajito:
—A veces, nosotros somos nuestros peores jueces. Recuerde esto para el futuro.
Carlos mira la mano que guarda la bola de papel. La abre y la bolita se despereza, despacio, dejando ver el título del cuento: “Una historia increíblemente cierta”.

Imagen:
http://deathura.deviantart.com/art/Caught-in-a-notebook-176087627

lunes, 27 de marzo de 2017

Audrey



Es un día como otro cualquiera. De camino a la oficina en este metro, desgastado por el tiempo, y rodeado de gente medio dormida y apática, a juego con la ciudad. Yo también, ¡qué demonios!
Me recuesto en el asiento, al menos tengo unos minutos de vacío para reprocharme porqué hoy pienso en ella, después de tanto tiempo.
Los años pesan y esto ya debería ser un caso cerrado y archivado. Pero el pasado te cae encima cuando menos te lo esperas, como su libro anoche, cuando intentaba colocar una carpeta llena de columnas atrasadas, que guardo para uso y disfrute de mi ego. Y allí estaban ella y su dedicatoria:  

«Gracias por el intento pero, como puedes ver, aquí publica cualquiera».

Siempre fue una descarada, pero con gracia para serlo. Una especie de Audrey Hepburn, ingenua y deliciosa. Atractiva, por dentro y por fuera, y atrayente hasta el extremo, sin percatarse de su tremendo  potencial.
Una mujer de aspecto frágil, a quien le pesaban la melancolía y los besos dados. Esos besos que fue demasiado sencillo robarle, apenas  empezada la primera ronda de juego.
Me considero un hombre de retos y ella, pasada la primera impresión, ya no me suponía ninguno. Previsible, predictible. Demasiada calma, demasiada facilidad, demasiado visto. Un puzzle con pocas piezas que no tardé en resolver y del que pronto me aburrí.
No soy de  encariñarme con ellas y, a ella, tampoco le venía bien encariñarse conmigo. Dejé de mandarle mis señales, contradictorias. Mi juego estaba acabando con ella y, quizá en el fondo, también conmigo...
Se puso pesada un par de semanas, siempre fue una cabezota. Pero me divertí mucho viendo como retorcía la historia, buscándole su lógica. Está claro que tiene la imaginación de los escritores para inventar realidades y yo, espectador de lujo, disfruté del serial sin intervenir para nada en el guión.
No me arrepiento, nunca lo hago.
Además, por lo que he visto, tampoco me necesita. Como yo ya había predicho, ella solita llegaría a donde ha llegado: escritora de novelas facilonas —su sueño en el fondo—, historias rápidas de leer y rápidas de olvidar.
Solo cuando conseguimos nuestros sueños, nos damos cuenta de lo pobres que son, y ella cumple con creces esta máxima. ¡Qué desperdicio de talento! Podía haber llegado a más, a mucho más, pero nunca quiso alejarse demasiado del punto de partida.
Sigo recostado en mi asiento. El traqueteo me adormece y yo me dejo acunar. No sé porque pienso en ella. Tal vez no hice lo correcto, pero ya no puedo cambiarlo. Y a ella le va mejor sin mí.
Bueno, no, estoy convencido que conmigo hubiera logrado más. Tenía lo imprescindible para llegar a ser alguien en mi profesión: ganas de aprender y mucho ímpetu. ¿Dónde estarán mi ímpetu y mis ganas? ¿En qué estación se me habrán quedado olvidados?
Hace rato que cerré los ojos, no quiero que nadie pueda adivinar lo que estoy pensando. Pero una inesperada carcajada me obliga a abrirlos.
Al fondo del tren, una joven habla amistosa con un hombre bastante mayor que ella, que ojea un libro y  señala frases con un lápiz verde.
No puedo creerlo. De todos los vagones y pasillos de metro de la ciudad y tiene que aparecer en el mío.
Su risa invade todo. Susurra alguna frase cerca del hombro de su acompañante, mientras ambos  observan atentos las páginas del libro.
Sus intensos ojos brillan al levantar la cara, al buscar la complicidad de aquel tipo que parece explicarle pacientemente algo sobre aquel ejemplar. Creo que ya me ha  encontrado sustituto. Alguien que la eduque bien, que la lleve a lo más alto de las máquinas expendedoras de libros en los pasillos del metro.
Está preciosa, con un jersey rojo oscuro, de aspecto suave, dejando ver sus hombros morenos, y el pelo recogido en una coleta alta, que se bambolea con el ímpetu de sus carcajadas.
En un descuido, sus ojos cruzan el vagón y tropiezan conmigo, me tocan, me interrogan, me atraviesan, me cogen de las solapas y me zarandean. Se pone seria, muy seria, tanto que parece diez años mayor.
Pero sigue siendo Audrey, mi Audrey: con toda la fuerza de su ingenuidad y con el peso de todos los besos que, después de a mí, habrá dado a otros que no soy yo.
Me quita los ojos de encima y vuelve al hombre de su izquierda.  Este asiente y, con sospechosa amabilidad, sonríe.
La llegada a la estación decide acabar con la escena por mí. El viejo rijoso la toma de la mano, tira de ella y ambos salen del vagón, perdiéndose entre los ríos de gente que corre de un lado a otro, con las prisas propias de un lunes en Madrid.
Resoplo y vuelvo a recostarme en el asiento. «Conmigo le hubiera ido mejor».
Giro la cabeza y lanzo mis ojos en persecución de un jersey rojo que se aleja de mí. «Con ella me hubiera ido mejor».

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